Pisístrato, el tirano de Atenas

febrero 13, 2013

Hoy deseo compartirles esta muy buena historia, acerca de un personaje que llegó a ser muy lamentable, muy ruin y bastante ambicioso en su carrera por el poder. Y que, a pesar de todo ello, logró convertirse en uno de los mejores estadistas de la Historia. Disfrútenla y encuentren paralelismos con los tiempos actuales. No tiene pérdida.

Fragmento tomado de la obra de Indro Montanelli, Historia de los Griegos

Capítulo XV – Pisístrato

Pisistrato

La democracia que Solón había introducido en Atenas se había articulado en tres partidos, cuyas luchas pronto demostraron cuan difícil es practicarla. Había el de la «Llanura», conservador, o sea de derechas, donde iban a parar los latifundistas eupátridas, o sea aristócratas. El de la «Costa», porque estaba dominado por los ricos mercaderes y armadores y agrupaba la pequeña y alta burguesía. Y por fin, había el partido de la «Montaña», o sea del proletariado urbano y campesino.

Un día el jefe de estos últimos se presentó en el Areópago, alzó un pico de su toga, mostró una herida a los circunstantes diciendo que los enemigos del pueblo se la habían infligido con el propósito de asesinarle, y pidió que se le permitiera contratar una banda de cincuenta hombres armados para defenderse. La pretensión era revolucionaria, pues en aquella ciudad sin ejército permanente ni fuerzas de policía, la ley prohibía a todos tener una guardia de corps privada, con las que hubiera sido fácil a cualquiera imponerse sobre un pueblo inerme.

Fue llamado Solón, quien acudió. A pesar de ser viejo, comprendió en seguida de lo que se trataba y previno a los circunstantes: «Escuchadme bien, atenienses: yo soy más sabio que muchos de vosotros, y más valeroso que muchos otros. Soy más sabio que los que no ven la malicia de este hombre y sus fines ocultos; y más valeroso que los que, aun viéndola, fingen no verla por evitarse líos y vivir en paz.» Y, notando que no le hacían caso, añadió, indignado: «Siempre sois iguales; cada uno de vosotros, individualmente, obra con la astucia de una zorra. Pero colectivamente sois una bandada de gansos.»

Al gran anciano, que veía en peligro toda su reforma, le era fácil comprender los planes de aquel tribuno, que se llamaba Pisístrato. Pues éste era primo suyo, y Solón había aprendido a medirle, desde pequeño, la sagacidad, la ambición y la falta de escrúpulos. Desgraciadamente, además de la «Montaña», Solón tenía también en contra la «Llanura», dominada por aquellos aristócratas retrógrados y santurrones a los que él había suprimido el monopolio del poder. Apesadumbrado y desilusionado, se encerró en su casa, atrancando la puerta en la que colgó, como se usaba entonces, las armas y el escudo, para significar que se retiraba de la política.

También Pisístrato era aristócrata y de familia rica. Pero había comprendido que la democracia, una vez instaurada, es irreversible y va siempre hacia la izquierda. Por lo que hacía tiempo que cifraba sus ambiciones en el proletariado, habiéndose puesto al frente de él con ese espíritu demagógico y ese cinismo que es lo que precisamente prefiere el proletariado. Su petición fue aprobada. Pisístrato, en vez de cincuenta hombres, enroló y armó a cuatrocientos, se adueñó de la Acrópolis, y proclamó la dictadura. En nombre y para bien del pueblo, claro está, como todas las dictaduras. La «Costa», o sea las clases burguesas, que hasta aquel momento le habían apoyado, se asustaron, se coaligaron con la «Llanura», derribaron al tirano y le obligaron a huir. Pero Pisístrato volvió pronto al ataque.

Heródoto cuenta que un día del año 550, se presentó a las puertas de la capital un imponente carro con guirnaldas de flores, en el cual sentábase majestuosamente una bellísima mujer con las armas y el escudo de Palas Atenea, protectora de la ciudad. Naturalmente, la acogieron con aplausos y hosannas. Y cuando los heraldos que precedían al vehículo anunciaron que la diosa había venido personalmente para restaurar a Pisístrato, el pueblo se inclinó. Y Pisístrato compareció al frente de sus hombres que habían permanecido ocultos entre el cortejo. ¿Fue la rabia de haberse dejado engañar con una estratagema tan burda lo que impelió a los burgueses de la «Costa», a coaligarse con los barones de la «Llanura» contra el dictador de ascendencia aristocrática, pero de ideas progresistas? No se sabe. Sábese solamente que la coalición se hizo y se llevó la mejor parte, volviendo a arrojar al exilio a Pisístrato. Pero éste no era hombre para aceptar la derrota.

Tres años después del segundo derrocamiento, o sea en 546, hele aquí de nuevo con sus hombres a las puertas de una ciudad que, evidentemente, no había encontrado de su gusto la restauración del antiguo régimen y que se las abrió sin resistencia. Pisístrato volvió a ser dictador, y siguió siéndolo, casi sin molestias, durante diecinueve años, o sea hasta su muerte.

Atenas

Este curioso y complejo personaje parece creado aposta por la Historia para confundir las ideas a todos aquellos que creen tenerlas clarísimas y que, basándose en ellas, han decidido que la democracia es siempre una fortuna, y que la dictadura es siempre una desgracia. Apenas se lo volvieron a encontrar encima, todos sus enemigos —que seguían siendo muchos— temblaron ante la idea de una purga. En cambio, Pisístrato, que durante la lucha había sabido dar la cara, en la victoria derrochó generosidad. Se desembarazó rápidamente, confinándoles, tan sólo de aquellos que se encarnizaban en una aversión irreductible; mas para los demás hubo indulgencia plenaria. Todos esperaban que modificase la Constitución de Solón para dar una base jurídica al propio poder personal; y, en cambio, los retoques fueron escasos y superficiales.

Nada de régimen policial, nada de denuncias, nada de «leyes especiales», nada de «culto de la personalidad». Pisístrato quiso elecciones libres, aceptó a los arcontes que el voto popular designó y se sometió al control del Senado y de la Asamblea. Y cuando un particular le acusó de asesinato, se querelló simplemente ante un tribunal común. Ganó la causa porque el adversario no se presentó. Pero la contumacia fue sugerida a ésta por el conocimiento de sostener una tesis impopular. Pues la inmensa mayoría de atenienses, tras haberle hostigado y tenido por sospechoso mucho tiempo, se habían vuelto sinceramente afectos a Pisístrato, que poseía un arma formidable: la simpatía.

Le llamaban tirano, pero la palabra no tenía en aquellos tiempos el amenazador y peyorativo significado que tiene en el nuestro. Venía de tirra, que quiere decir fortaleza, pero también era el nombre de la capital de Lidia, donde el rey Giges había establecido precisamente un clásico régimen dictatorial. El tirano Pisístrato era un hombre cordial que, eso sí, hacía lo que quería, pero después de haber convencido a los demás de que lo que él quería era lo que ellos querían también. Pocos eran los que lograban oponer argumentos a sus argumentos, y eso también porque él sabía exponerlos de la manera más persuasiva. Tenía eso que los franceses llaman charme, conocía el arte de aliñar los discursos sobre las materias más difíciles con anécdotas divertidas, de atraerse a los oponentes sin ofenderles, es más, fingiendo darles la razón, y exponía sus tesis con llaneza, sin engreimiento, haciéndolas comprensibles a todos. Y de estas cualidades se sirvió para llevar a cabo una obra fenomenal.

Su reforma agraria fue tal, que el Ática no tuvo necesidad de otra durante siglos. El latifundio quedó destruido y en su lugar surgió una miríada de cultivadores directos que, sintiéndose propietarios, sentíanse también ciudadanos y, como tales, interesados en el destino de la patria. Su política fue «productivística» y de pleno empleo de la mano de obra, a través de grandes empresas de obras públicas que absorbieron a los desocupados e hicieron de Atenas la verdadera capital de Grecia.

Hasta aquel momento había sido de hecho una ciudad como muchas otras, de segundo plano con respecto a Mileto y Éfeso, mucho más desarrolladas desde el punto de vista comercial, cultural y arquitectónico, tanto, que Homero apenas habla de ella. Pisístrato empezó por el puerto, fundando astilleros que pronto construyeron las más modernas y poderosas naves de la época. Había comprendido que el destino de Atenas, circuida por áridas y pedregosas montañas por la parte de tierra, estaba en el mar. La iniciativa, de conciliarse con la burguesía de la «Costa», formada principalmente por armadores y mercaderes, le procuró el dinero para la reforma urbanística. Fueron sus geólogos los que descubrieron, en los contornos, plata y mármol. Y fue con estos materiales que, en el lugar de las cabañas de adobe, se elevaron los palacios, y en la Acrópolis, el viejo templo de Atenea fue embellecido con el famoso peristilo dórico. Pues Pisístrato, el hombre de hierro, era además culto y de gustos refinados.

Y, en efecto una de las primeras cosas que hizo apenas llegado al poder, fue instituir una comisión para la compilación y ordenamiento de la Ilíada y de la Odisea, que Homero había dejado desparramadas en episodios fragmentarios confiados a la memoria oral del pueblo. Y hasta qué punto la comisión reuniera y modificara también el texto, es difícil saberlo.

En política exterior, Pisístrato no perdió de vista solamente dos cosas; evitar la guerra, y dar a Atenas, sin que las demás ciudades se diesen cuenta, una posición de capital moral sobre Grecia, en espera de convertirla en capital política. Lo consiguió, a pesar de las molestias que causó a mucha gente con su flota omnipresente ,y entrometida y con las «colonias» que fundó un poco en todas partes, en casa ajena, pero especialmente en los Dardanelos. Escultores, arquitectos y poetas acudieron a Atenas también porque reconocían en Pisístrato a un intelectual como ellos. Y los juegos «panhelénicos» que él instituyó en la ciudad se convirtieron en motivo de encuentro no sólo para los atletas, sino también para los hombres políticos de toda Grecia. Pero más lejos no se llegó. Celoso cada uno de la propia «patria chica», representada por una ciudad sola y sus aledaños, eran constitucionalmente refractarios a concebir otra más grande.

Pisístrato vio los inconvenientes, pero tuvo el buen sentido de no forzar con la violencia una unidad antinatural. Como Renán, creía que una nación se funda por el deseo de sus habitantes de vivir juntos; y que cuando este deseo falta, no hay política que pueda sustituirlo. Fue un gran hombre. Su dictadura, presentada como la negación de la Constitución de Solón, le procuró en cambio el medio de llevar a cabo su obra y de resistir a las pruebas posteriores.


De marionetas y ricos

julio 17, 2012

¿Saben qué me parece realmente lamentable? Que no puedan ver más allá de sus narices. Que crean que Peña Nieto o Salinas controlan todo y son los malos. Verán, los verdaderos poderes los emanamos nosotros. Nosotros damos valor a un Blackberry, a una Macintosh, a un Nokia, a un Camaro, a una hamburguesa McDonalds y a una CocaCola. Si surge una moda, queremos acceder a ella al precio que sea, porque así lo dictan la sociedad y los medios. Se nos olvida que una hamburguesa se compone de pan, carne, lechuga y tomate. Que una Coca Cola se compone de agua, azucar y CO2, además de otras sustancias básicas. Pero pagamos por una imagen, por una idea, por una plusvalía, no por el valor de las cosas. No tenemos en la conciencia que pagamos por el esfuerzo del campesino, el sudor del obrero, la vida de los animales, el agotamiento de los recursos del suelo… pagamos para acceder a un círculo social en vez de un bien necesario.

¿Por qué cito esto? Porque cuando nosotros creamos una demanda, hay quienes ven la oportunidad de hacerse ricos. Pero la riqueza no se detiene, no tiene un tope. Es una carrera. Los capitales son agresivos entre sí. Estos RICOS contratarán a agentes especializados llamados ingenieros, gerentes, licenciados… especializados en hacer crecer el dinero. Estos AGENTES ESPECIALIZADOS contratarán servicios de promoción, de marketing y propaganda… crearán una imagen. Crearán un comercial que diga que el petroleo es rentable, que los diamantes duran por siempre y que las plantas de Coca Cola no contaminan. Contratarán actores de cine y telenovelas para que nos hagan creer que un producto producido en masa es benéfico para el organismo. Que un automóvil de 50 mil dólares es necesario para pertenecer a la élite. Contratarán a tipos como PEÑA NIETO y SALINAS DE GORTARI. Y a tipos como Ronald Reagan, como George Bush, como Vicente Fox, como Silvio Berlusconi. Personajes dispuestos a respaldar a los capitales con tal de que después les dejen acceder a ellos. “Hoy por tí, mañana por mí”.

La lucha no termina en la deposición de Peña Nieto. Termina en el momento en que nos damos cuenta de que la economía debe ser responsable. Cuando nos damos cuenta de que el objetivo del capital no es crecer exponencialmente, sino convertirse en respaldo de aquello que lo genera: la riqueza… la verdadera riqueza. El sudor, la energía, la voluntad, el coraje, el empeño, la perseverancia. Ese es el verdadero motor y el capital debe servir para producir más. El sol calienta el agua, la evapora y forma las nubes. Pero las nubes regresan el agua al suelo, no crecen infinitamente. Cuando entendamos eso, cuando ya no nos traguemos la falacia mil veces pregonada por los instrumentos propagandistas de que “todos podemos ser ricos“, entonces sabremos lo que realmente significa ser ricos. Vivir con lo necesario. Vivir con dignidad. Vivir con humanidad.

Giliath Luin


Eligiendo bandos

julio 6, 2012

Tomamos bandos, porque nos enseñan desde pequeños. Tenemos que escoger un lado. Nos hablan de “bueno-malo” y de “justo-injusto”. Bueno es Bambi y malo el Cazador. Justo es Robin-Hood e injusto el Sheriff de Nothingham. Se nos enseña a empatizar con las víctimas, porque no todos podemos ser victimarios. Ese es un futuro apartado para la juventud de los poderes fácticos en el establishment. Se nos prepara para ser las víctimas que seremos en un futuro. Se nos enseña a ver a los victimarios en otras víctimas acarreadas al matadero. El Malo es aquel que será ejecutado; hacia Él hay que volcar nuestra ira.

No sabemos cómo procesar una novela, una película, una obra teatral en la que no hay buenos ni malos. Forzosamente, nuestra conciencia trata de buscar a El Bueno en la representación, para vitorear, para emocionarnos cuando este haga ver su suerte a El Malo. Si por requerimientos del guión, quien nosotros decidimos sea El Bueno, de repente es suprimido de la escena, nos traumamos, nos ofuscamos; no sabemos cómo tomar el acto. Literalmente, nuestra infancia se desmorona, nuestra educación se cae en pedazos.

Es 6 de julio. Cinco días han pasado desde las elecciones y México se encuentra más dividido que nunca. En buenos y malos. En torpes y listos. En justos e injustos. En verdes y amarillos. En vendidos y zombies. Y solamente hay un ganador en esta competencia eterna: aquél que se beneficia de la separación. Los romanos, hace muchos siglos, sembraron una famosa estrategia entre sus colonias: “divide et impera“. Divide y vencerás. A los mandamaces de nuestra nación no les conviene vernos unidos. Les asusta vernos en cooperación, ayudándonos, apoyándomos, manifestando nuestra colectivización.

Los políticos cambian de bandos constantemente. Están concientes de que ellos son los victimarios. Están concientes de los bandos no existen. ¿Por qué tenemos nosotros que elegir un bando? Sé, primero. Después Permanece. Eres un Sujeto de la historia, no te pierdas en el limbo de la estadística. No seas un número. No seas Bueno ni Malo.

Un mensaje dirigido a todo aquel que sienta odio en su corazón.

Giliath Luin


Expedición a Roncesvalles

junio 5, 2010

Cuando era pequeño -de edad, que de estatura jamás lo he sido -mi padre me regaló, entre muchos otros libros, una colección de cantares de gestas de Ramón Menéndez Pidal. La obra era fenomenal. Incluía el «Cantar de Mío Cid», el «Cantar de los Infantes de Lara», el «Cantar del Cerco de Zamora», pero el que más me fascinó por la impresión que hacía de la camaradería de la guerra, del dolor infligido por el compañero de armas caído, por la vergüenza que implicaba la derrota de un gran imperio, fue el «Cantar de Roncesvalles», en el que la historia nos narra la experiencia que sufre la retaguardia de Carlomagno, Rey de los francos, a su regreso de España, días después de castigar al infiel valí de Zaragoza y haber atravesado el territorio de los navarros. La narración me maravilló inmediata y absolutamente. Siempre he sido un admirador de lo épico y lo histórico, pero los pasajes legendarios que dejan huella temporal en la memoria colectiva de tal manera que trascienden a través de los siglos me ponen bastante emotivo.

Pero hay una historia consecuente a esta emotiva etapa de mi vida. Y es que, ya de mayor edad, pude hacerme con un tomo de «Carlomagno» de Jacques Delperrié de Bayac -al cual le he dedicado ya su bien merecida reseña en mi blog de críticas El Dedo en el Renglón -en el cual, el autor francés nos narra la misma historia que aborda el cantar de la obra de Menéndez Pidal, pero de manera más humana y realista, aún cuando conserva bastante de nota mítica pues de sobra se sabe que las fuentes que otorgan luz sobre este acontecimiento son escasísimas. La obra del francés, a pesar de ser de un estilo completamente diferente, me atrajo muchos más, amante que soy de las buenas lecturas bélicas platicadas con todo lo que eso implica: un trasfondo, una situación y un desenlace humanos.

Sin embargo, y aún cuando la historia contada por Delperrié es genial, la transcripción no será al pie de la letra, debido a que es demasiado extensa. En vez de eso, iré acortando la historia en lo posible, en algunas partes interpretando y en otras transcribiendo textualmente sin que pierda la forma de relato e, igual que como hice con mi artículo anterior, «La Batalla de Jaffa», separaré la narración en secciones y lo iluminaré con ilustraciones para no hacer demasiado cansada la lectura. Bien, pues no se diga más. ¡Comencemos!

El rey Carlos, nuestro emperador, el Grande, siete años enteros permaneció en España: hasta el mar conquistó la altiva tierra. Ni un solo castillo le resiste ya, ni queda por forzar muralla, ni ciudad, salvo Zaragoza, que está en una montaña. La tiene el rey Marsil, que a Dios no quiere. Sirve a Mahoma y le reza a Apolo. No podrá remediarlo: lo alcanzará el infortunio.

El rey Marsil se encuentra en Zaragoza. Se ha ido hacia un vergel, bajo la sombra. En una terraza de mármoles azules se reclina; son más de veinte mil en torno a él. Llama a sus condes y a sus duques:

-Oíd, señores, qué azote nos abruma. El emperador Carlos, de Francia, la dulce, a nuestro país viene, a confundirnos. No tengo ejército que pueda darle batalla; para vencer a su gente, no es de talla la mía. Aconsejadme, pues, hombres juiciosos, ¡guardadme de la muerte y la deshonra!


Evangelización de los sajones

Entre los años 774 y 776, el Rey Carlos llevó la guerra a los cuatro rincones de Sajonia, siendo Westfalia la región más castigada. El rey repitió la receta, tan aplicada por su padre, de pasar el invierno en las zonas que estuviesen en guerra conservando la mitad de los efectivos reunidos para la campaña, agobiando con impuestos y ocupación hostil a sus habitantes y no permitiéndoles la reagrupación ni la planificación o el acumulamiento de víveres y pertrechos para la guerra. Eran estas fechas las que más disfrutaba el monarca, ya que podía dedicarse a su familia, que también viajaba con él y su ejército. En los palacios de invierno, Carlos invertía su tiempo en negociar las peticiones de sus nobles, en el estudio académico y religioso -los más distinguidos de su séquito eran letrados y religiosos, con quienes Carlos disfrutaba mucho conversar -, en la creación de nuevos capitulares y leyes para las poblaciones y los departamentos, en las revisiones del funcionamiento de los missi o enviados reales, en asignar misiones a sus scaras para castigar a los rebeldes, etc.

Con los primeros indicios de la primavera, Carlos volvió a ensillar su caballo y abandonó Heristal en dirección a Nimega, donde celebró la Pascua. Para imponerse a los sajones, mandó convocar la Concentración Anual en este país. Lo mismo había hecho Pipino el Breve en tiempos del Duque Waifar, concentrando sus fuerzas y reuniendo a los sajones en Bourges. El rey eligió un pequeño pueblo al lado de Padrabrunnen –actualmente Paderborn –para congregar a los belicosos nobles sajones, de los cuales muchos acudieron, pero hubo otros que permanecieron reacios a acatar las órdenes de Carlos. Entre los que se negaron a acudir a la cita estaba Widukind, el jefe guerrero de los westfalianos que hacía poco se acababa de aliar con Siegfried, el Rey de los daneses, quien era enemigo de Carlos por las incursiones que hacían sus vikingos en territorio franco. Widukind era considerado el mayor enemigo de los francos y es que, en los últimos tres o cuatro años, había sido el mayor agente desestabilizador de Sajonia y había demostrado ser un nacionalista orgulloso e irreducible.

Este era el panorama con que se encontraba Carlos en Paderborn, ante varias decenas de miles de sajones que mostraban sumisión pero, por dentro, hervían con el mismo fuego que hervían Widukind y sus partidarios. Los sajones, terribles guerreros y orgullosos de su linaje, formaban una férrea oposición al empuje que Carlos deseaba plantarle a la Iglesia Romana en sus tierras. Habló frente a la asamblea a todos los nobles sajones instándoles a que abrazaran la verdadera fe y abandonaran las prácticas paganas, la hechicería y las doctrinas de la oscuridad, amenazándoles, de lo contrario, con la pérdida de la patria, la libertad o la vida. ¡Qué tarea tan ardua esperaba al monarca! ¿Cómo haría para pacificar y, aún más, evangelizar a semejante etnia de feroces paganos?

Para facilitar esta empresa, Carlos decidió jugar sus mejores cartas en esta reunión: confió la evangelización al abad Sturn, fundador de la Basílica de Fulda y que, en otros tiempos, fuera compañero de San Bonifacio. A su vez, congregó también a delegados y contingentes de todos los rincones del imperio. Había silecianos, bávaros, aquitanos y lombardos, así como una delegación de estudiosos venidos de Bretaña y enviados del Papa, un gobernador bizantino con su escolta de caballeros armados y otros extranjeros. Una de estas delegaciones estaba compuesta por visitantes sarracenos, entre los que se encontraba el valí de Barcelona, Sulayman ibn Al Arabi, quien traía noticias de más allá de los Pirineos y una jugosa oferta para el rey de los francos.

-¡Nada temáis! Enviad a Carlos, orgulloso y altivo, palabras de servicio fiel y de gran amistad. Le daréis osos, y leones y perros, setecientos camellos y mil azores mudados, cuatrocientas mulas, cargadas de oro y plata y cincuenta carros, con los que podrá formar un cortejo: con largueza pagará así a sus mercenarios. Mandadle decir que combatió bastante en esta tierra; que a Aquisgrán, en Francia, debería volverse, que allí lo seguiréis, en la fiesta de San Miguel, que recibiréis la ley de los cristianos; que os convertiréis en su vasallo, para honra y para bien. ¿Quiere rehenes?, pues bien, mandémosle diez o veinte, para darle confianza. Enviemos a los hijos de nuestras esposas: así perezca, yo le entregaré el mío. Más vale que caigan sus cabezas y no perdamos nosotros libertad y señorío, hasta vernos reducidos a mendigar.


Invitación a las tierras musulmanas

En Paderborn, el dignatario sarraceno se entrevistó en privado con el rey Carlos, contándole sobre todos los pormenores de la política islámica en Damasco, Magreb y Al-Andalus, sobre el destronamiento de los omeyas y el advenimiento de los abasíes. Tras la caída de los omeyas en Damasco, Abd al-Rahman ibn Mu’awiya invadió Al-Andalus en el intento de preservar lo que quedaba de la influencia del califato, sostenido por los ejércitos bereberes y yemeníes que le acompañaban. Para esto tuvo que eliminar al emir de Córdoba, Yusuf al-Fahri, quien era partidario de los abasíes, además de perseguir y asesinar sistemáticamente a sus hombres de confianza. Con esto, Sulayman, quien era partidario de al-Fahri, dejaba claro a Carlos que el enemigo era común, pues Pipino el Breve había pactado anteriormente con el Califato Abasí un tratado de ayuda mutua.

Además, el valí de Barcelona le propuso un trato al rey: había acudido a Paderborn acompañado por el yerno del asesinado emir de Córdoba, Abd al-Rahman ibn Habib, y otro personaje bastante importante, Hosein ben Yahia, que era valí de Zaragoza y descendiente de uno de los compañeros de Mahoma. Si Carlos proporcionaba protección a los dignatarios y les ayudaba en la tarea de desembarazarse de los hijos de Abd al-Rahman ibn Mu’awiya, ellos se colocarían ya no bajo la tutela del Califato Abasí, sino del propio Rey de los francos, y le entregarían varias plazas en la península, Barcelona y Zaragoza entre ellas. El trato se veía muy sencillo y apetecible, pero quedaban algunas preguntas incontestables en el aire.

¿Tenían realmente, los árabes, la intención de colocarse bajo la dirección del rey cristiano? Más verosímil se antoja la idea de que deseaban quitarse de encima la amenaza latente del emir, haciendo que el tigre de Córdoba escuchara el rugido de una fiera aún peor, con fama de gran depredador pero sin desear, realmente, reconocerlo como nuevo señor. Lo que sí fue cierto es que a Carlos le sedujo la idea de una campaña en España. Si triunfaba en ella, lo que parecía más que probable, encontraría hacia el sur muchas poblaciones cristianas, seguramente impacientes por sacudirse el yugo mahometano. Esto le permitiría constituir una base más allá de los Pirineos que sirviera de protección del sur de las Galias de las incursiones de sarracenos y consolidase un frente abierto contra los vikingos. Por lo tanto, si triunfaba, este éxito podía convertirse en algo mucho más importante: puesto que los señores árabes estaban matándose entre ellos, ¿por qué no sacar partido de sus enfrentamientos y debilitamiento mutuo y conquistar el Emirato de Córdoba?

Con estas visiones de castillos en el aire, Carlos maduró su plan: al año siguiente conduciría al ejército franco a esas tierras en las que jamás se había adentrado, castigaría al infiel, recuperaría los países para la cristiandad y ensancharía aún más su gran imperio.

Cien mil franceses se entristecen por él y temen por Roland, invadidos por extraña angustia. Ganelón, el villano, lo ha traicionado: ha recibido del rey sarraceno grandes regalos, oro y plata, ciclatones y paños de seda, mulos y corceles, y camellos y leones. Marsil ha mandado por toda España a barones, condes, vizcondes, duques y emires, almocadenes e hijos de caudillos. Reúne en tres días cuatrocientos mil guerreros y por toda Zaragoza resuenan sus tambores. En la torre más alta se coloca a Mahoma y todos los infieles lo adoran y le rezan. Luego, a marchas forzadas, cabalgan todos a través de la Cerdaña; cruzan los valles, pasan los montes: al fin columbran los gonfalones de las gentes de Francia. La retaguardia de los doce compañeros no dejará de aceptar la batalla.


Paseo de Zaragoza

Así transcurrió un año entero de relativa calma con las excepciones de una pequeña insurgencia en Bavaria, las expediciones de los ávaros en territorio de los ripuarios y las molestas incursiones de los vikingos en Bretaña y Aquitania. Durante este tiempo habían sucedido muchas cosas en Al-Andalus. El califa abasí de Bagdad había enviado a España a uno de sus lugartenientes, Abd al-Rahman al Siklabi, con el encargo de hacer entrar en razón al emir de Córdoba, a ser posible, cortándole la cabeza. El emir, por su parte, había enviado contra Sulayman un ejército encabezado por el general Tha’labah. Así que, mientras Carlos hacía los preparativos de la intervención, ellos trataban de degollarse cortésmente, sin olvidar sus oraciones volviéndose en la dirección adecuada.

Carlos reunió un ejército poderosísimo, compuesto por francos orientales (ripuarios) y occidentales (sálicos), borgoñones, provenzales, aquitanos, septimanos, lombardos y bávaros, estos últimos dirigidos personalmente por el duque Tasilón. El rey dividió a sus huestes en dos contingentes: él comandó al primero, compuesto por francos occidentales y aquitanos, y atravesó los Pirineos por el país de los gascones, por Velate. El otro grupo, dirigido por su hijo Carlomán y el condestable Geilón, franqueó las montañas por el extremo este de la cadena, por el puerto de Perthus.

Una vez del otro lado, Carlos se dirigió hacia Pamplona. Esta ciudad, la principal de los gascones de Navarra, estaba en manos mahometanas. El rey la atacó y se apoderó de ella, pero a este primer éxito, siguió la primera decepción. Carlos comprobó como los gascones, aunque cristianos, no acogían a los francos como libertadores, sino que mostraron mucha hostilidad. Y tras asegurar Pamplona, las huestes francas se pusieron en marcha hacia Zaragoza, atravesando las mesetas cubiertas de bosques de Navarra y Aragón, por caminos abrasados por el sol, en los que los cascos de millares de caballos levantaban nubes de polvo.

Entre tanto, el ejército que marchaba con Carlomán por el este, había avanzado hasta Barcelona. Aquí la población cristiana estaba mejor dispuesta respecto a los francos. El valí Sulayman cumplió con su parte, entregando rehenes y partiendo de Barcelona con el ejército franco hacia Zaragoza, donde Carlomán tomó posición a unas cuatro millas de distancia y se le reunió su padre con la otra mitad del ejército. Hasta entonces, todo había transcurrido bien, pero lo que ocurrió después fue desconcertante: Hosein ben Yahia, valí de Zaragoza y uno de los coludidos en la invasión, tan pronto tuvo noticia de la llegada de los francos, llamó a las armas y se negó a entregar la ciudad.

¿A qué se debía este cambio? No se sabe con seguridad. Hacía poco tiempo, Sulayman había derrotado al ejército enviado por el emir de Córdoba y capturado a Tha’labah. Descartado ese peligro, de momento, tal vez los sarracenos del norte de España se sintieran menos inclinados a buscar la alianza de los francos. Además, Sulayman y Hosein se habían enemistado. Y a esto, había que sumarle el factor de las diferencias culturales: los francos y los árabes pertenecían a mundos muy diferentes, tanto por cultura como por mentalidad, y les era, seguramente, difícil un lenguaje común. Cada bando consideraba al otro como algo bárbaro con el que no podía entenderse.

Carlos asedió Zaragoza durante dos o tres semanas. Había recibido los rehenes entregados por Sulayman, entre los que se hallaba el prisionero de éste, Tha’labah. Algunas ciudades, Huesca entre ellas, se le sometieron. Tuvo intenciones de negociar con Hosein ben Yahia, pero estas fracasaron. Lógicamente, el rey tuvo la sensación de haber sido engañado, por lo que encarceló a Sulayman junto con algunos de sus hijos. Repentinamente, el asedio fue levantado y las tropas se disponían a retirarse. Se cree que porque Carlos había recibido noticias de un levantamiento general en Sajonia. Aún le esperaba más pues, en el camino, los hijos de Sulayman sorprendieron a los guardias y consiguieron escapar con su padre. Tras todo esto, el rey llegó a Pamplona de pésimo humor. Para impedir que la ciudad intentara resistirle en lo sucesivo, arrasó las murallas. Después, el ejército franco se dirigió a los Pirineos donde, como trágico colofón de los sinsabores de esta campaña, habría de sufrir un tremendo desastre.

Olivier ha trepado hasta una altura. Sus ojos abarcan en todo el horizonte el reino de España y los sarracenos que se han reunido en imponente multitud. Relucen los yelmos en cuyo oro se engastan las piedras preciosas, y los escudos, y el acero de las cotas, y también las picas y los gonfalones atados a las adargas. Ni siquiera puede hacer la suma de los distintos cuerpos de ejército: son tan numerosos que pierde la cuenta. En su fuero interno, se siente fuertemente conturbado. Tan aprisa como lo permiten sus piernas, desciende la colina, se acerca a los franceses y les relata todo lo que sabe.

-He visto a los infieles -dice Olivier-. Jamás hombre alguno contempló tan cuantiosa multitud sobre la tierra. Son cien mil los que están ante nosotros con el escudo al brazo, atado el yelmo y cubiertos con blanca armadura; relucen sus bruñidas adargas, con el hierro enhiesto. Habréis de dar una batalla como jamás se ha visto. ¡Señores franceses, que Dios os asista! ¡Resistid firmemente, para que no puedan vencernos!

Los franceses exclaman:

-¡Malhaya quien huya! ¡Hasta la muerte, ninguno de nosotros habrá de faltaros!


La humillación de los francos en Roncesvalles

Roncesvalles, el 15 de agosto del 778, al atardecer. Pedregales, escombros, rocosas pendientes coronadas por bosques. Las tropas serpentean penosamente por el desfiladero, estiradas en estrechas filas, debido a lo angosto del paso. A pesar del frescor del ambiente, los caballeros de las scaras transpiran bajo sus armaduras. Tiradas cada una por dos caballos o mulas, las basternas chirrían y traquetean más que nunca. De repente, un clamor se eleva. Nubes de flechas caen sobre ellos. Surgiendo de los caminos que dominan el desfiladero, unos hombres atacan la retaguardia. ¿Sarracenos? No, nada tienen que ver en este asunto. Son, simplemente, gascones. ¿Están de acuerdo con los de Pamplona, a quienes el rey franco acaba de humillar, o con los establecidos al norte de los Pirineos? Nadie sabe, ni se sabrá nunca, ni siquiera el rey Carlos. Pero una cosa es segura: sean de aquí o de allá, los gascones detestan a los francos.

Al instante se apodera la confusión del ejército franco. Los gascones disponen de menos armas de hierro pero, sin embargo, tienen muy bien preparada la emboscada: disponen de la ventaja de la sorpresa y la posición. Los francos se esfuerzan en reagruparse para resistir. Para ellos, la partida va tomando mal cariz. No tienen la costumbre de guerrear en las montañas ni están equipados para ello. ¿Para qué pueden servir aquí unos caballeros con cascos y corazas? Unos buenos arqueros serían más útiles, más eficaces.

En la retaguardia se encuentra un conde, de los que entres los francos llaman “duque” o “marqués”. Su nombre es Roland (las fuentes castellanas le han llamado Roldán o Rolando) y, normalmente, se encarga de la vigilancia de los confines bretones. Contrariamente a lo que dirá, dos siglos después, la célebre Chanson d’ Roland, que narra el heroico fin de los paladines y sus compañeros, Roland no es sobrino del rey ni le une parentesco alguno con Carlos, aunque es, no obstante, un señor de alta alcurnia que se dedica a la acuñación de moneda. No es, ni mucho menos, un jovenzuelo, sino un hombre ya maduro, de probado carácter, razón por la cual se sitúa en retaguardia. Esta circunstancia, que le costará la vida en una derrota poco gloriosa para los francos, le valdrá, ironías del destino, la inmortalidad.

No hay duda de que Roland sabe empuñar una espada y que se bate con coraje. Y los demás jefes hacen otro tanto, pues todo es excusable en un aristócrata franco: la codicia, la crueldad, el alcoholismo, la necedad…, todo, menos la cobardía. ¿Qué fiel, qué conde osaría aparecer ante su señor con piel de cordero?

Tras la lluvia de flechas, los gascones se aproximan. Descienden, corren detrás de las rocas, saltan, se precipitan sobre los caballeros, caen sobre las basternas, golpean a sus conductores. Más flechas, golpes de espada, furiosos combates cuerpo a cuerpo, caballos heridos cuyos relinchos desencadenan el tumulto, gritos de reagrupamiento, caballeros sin montura que acaban siendo degollados por los montañeses. El conde Roland ve cómo caen muchos de los suyos. ¿Hará sonar el cuerno para llamar al rey? En realidad, poco importa, ya que Carlos no irá a socorrerle. Los gascones no se han limitado exclusivamente a la retaguardia, sino que también han sembrado el pánico en el grueso de las tropas, que huyen hacia la llanura. De los que se hallaban en el desfiladero en el momento del ataque, muchos yacen en tierra, sin vida. Y los que todavía combaten, rodeados por todas partes, dan sus últimos golpes, totalmente vencidos por las fuerzas gasconas.

La batalla es prodigiosa y dura. Roland hiere sin descanso, y con él Olivier. El arzobispo dio ya más de mil golpes y no le van en zaga los doce pares, ni los franceses que juntos atacan. Por centenas y miles mueren los paganos. Quien no se da a la fuga, no hallará luego escapatoria: quiéralo o no, dejará allí su vida. Los francos van perdiendo sus mejores puntales. No volverán a ver a sus padres y parientes, ni a Carlomagno que los espera en los desfiladeros. En el país franco se levanta una extraña tormenta, una tempestad cargada de truenos y de viento, de lluvia y granizo, desmesuradamente. Caen los rayos uno tras otro, en rápida sucesión, y se estremece la tierra. Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos de Colonia, desde Besançon hasta el puerto de Wissant, no hay una casa que no tenga las paredes resquebrajadas. Espesas tinieblas sobrevienen en pleno mediodía; ninguna claridad, salvo cuando se raja el cielo. A todo el que lo ve, invade el espanto. Algunos dicen:

-¡Esto es la consumación de los tiempos, ha llegado el fin del mundo!

Pero ellos nada saben, no son ciertas sus palabras: es un inmenso duelo por la muerte de Roland.

El combate no duró mucho. En cuanto los francos se hubieron bañado en su propia sangre, los gascones robaron sus equipajes, arrojaron sus carros a los barrancos, tomaron las armas de los muertos y desaparecieron en la oscuridad que caía a la media tarde. ¡Qué tristeza experimentaba el rey por tan cruel revés! Qué pena le embargaba al pensar en los desaparecidos, en todos los excelentes vasallos que ha perdido: no sólo ha sido Roland uno de los valiosos caídos. Allí dejaron la vida, también, Anselmo, conde de la casa real, y el senescal Eggihard, entre otros. Tras sobreponerse a la sorpresa, enterrar a los muertos y levantar lo que quedó del desastre, el señor Carlos abandona la España de pérfido suelo. Nunca más volverá a ella.

Notas del autor

Sobre el célebre episodio de Roncesvalles, sólo disponemos de dos fuentes de información fidedignas: los Anales Reales y Vita Karoli Magni de Eginhard, a los que debemos añadir el epitafio del senescal Eggihard, que nos permite conocer la fecha del combate. Salvo que los agresores eran gascones y que el ejército franco sufrió una derrota de considerable resonancia (lo que no significa que fuera, forzosamente, muy sangrienta), nada es seguro. Sobre los móviles de los asaltantes, debemos circunscribirnos a las suposiciones: hostilidad hacia los francos, pero igualmente, sin duda, el saqueo. Ni siquiera puede asegurarse que la emboscada tuviera lugar en Roncesvalles, cuyo nombre no apareció sino más tarde.

Que el suceso impresionó a los contemporáneos, está claro. La prueba nos la proporciona, entre otras, la Chanson d’ Roland, posterior en más de dos siglos, y en donde el episodio se embellece y engrandece: Roland, Olivier y sus compañeros sucumben tras haberse enfrentado a dos ejércitos sarracenos. En cuanto al papel que en esta obra representa Ganelón, personaje imaginario (el nombre se tomó de un obispo que vivió con posterioridad), muestra cómo la memoria colectiva había conservado la idea de una traición, posiblemente a causa de lo que ocurriera en Zaragoza. Sin embargo, hay que destacar que las fuentes musulmanas callan este acontecimiento: o los sarracenos ignoraron el suceso o, teniendo conocimiento de él, no le dieron importancia.

Carlomagno no pudo aplicar castigos ante la acción hostil, tal vez por desconocimiento de la localización del enemigo. Eginhard nos cuenta, sobre este percance, en Vita Karoli Magni: «No hubo forma de vengar el fracaso pues, tras el asalto, el enemigo se dispersó de tal forma que no pudo conseguir dato alguno sobre los lugares en que se pudiera encontrar.»

Fuentes

Jacques Delperrié de Bayac. «Carlomagno»

Ramón Menéndez Pidal. «Cantares de gesta castellanos»


Historia de un alemán estigmatizado

mayo 14, 2010

Infancia y juventud

Albert Günther, de origen alemán, fue el quinto hijo de un funcionario del imperio que se desempeñó como Comisario de África del Sudeste y Cónsul General en Haití. Nació en marzo de 1895 en una familia de buena posición que estaba emparentada o ligada políticamente con personajes prominentes del gobierno. Su padre provenía de una familia de judíos suizos convertidos al cristianismo y su madre de una familia rural de Bavaria. Entre los parientes de Albert podían contarse a los Condes de Zeppelin, a la familia Merck, dueños del gigante farmacéutico, a los historiadores Herman Grimm y Jacob Burckhardt y el escritor Gertrud von Le Fort. La familia de Albert tenía una vida aristocrática gracias a la herencia que en muerte les dejó su patriarca judío el Ritter Hermann von Epenstein, que incluía los castillos de Veldenstein y Mauterndorff.

Hermann von Epenstein, de profesión físico y un influyente agente de los Hohenzollern, fue un pilar fundamental para Albert y sus hermanos ya que, la mayoría del tiempo, su padre se encontraba fuera del país en misiones diplomáticas. Sus hermanos fueron Olga Theresa, Karl Ernst, Paula Elisabeth y, el mayor de todos, Hermann Wilhelm, quien llegaría a ser un afamado político y militar en la Alemania de los 40’s. Eran estos los componentes de la infancia de Albert Günther Göring, hermano del Jerarca Nazi y Comandante Supremo de la Luftwaffe Hermann Wilhelm Göring.

Albert estuvo muy influenciado por su padrino, von Epenstein, quien era un hombre de mundo, de carácter jovial y porte aristocrático. Se rodeó prontamente de los círculos más selectivos y fue miembro de hermandades y sociedades civiles y empresariales. Al contrario de su hermano, que desde su juventud destacó como piloto de la aviación alemana, Albert se dedicó a ser empresario, a la tertulia, las charlas y las artes. En 1932 comenzó con una serie de cortometrajes sobre la caída del Imperio Alemán y la biografía de Guillermo II, pero ante el ascenso de los nazis en el gobierno tuvo que abandonar tales prácticas por considerarse socialistas.

Actividad antinazi

Y así fue como comenzó una vida llena de activismo y sabotaje contra el régimen del cual su hermano mayor era miembro prominente. En 1933 se unió a la protesta aristocrática ante el cierre de la Bauhaus y en el mismo año apoyó a una delegación de mujeres judías que fueron forzadas a lavar las banquetas. El oficial de las SS a cargo lo detuvo, pero al reconocer su nombre en su identificación, no queriendo ser el culpable de la humillación pública del hermano de Hermann Göring, lo dejó libre e hizo detener la limpieza de las banquetas. Muchas fueron sus intervenciones en que salvó de la prisión, de la humillación o de la muerte a varias personas, lo que le valió la persecución y la hostilidad del partido, negándosele sus dietas, a las que tenía derecho por ser familiar de un alto mando del partido, y a los trabajos en la esfera del NSDAP, que eran los mejor pagados. Sus rabietas y caprichos eran tolerables aún para la SA y la Gestapo, que de cualquier manera no se mostraban interesados en atrapar a personas sin importancia, y si la importancia la tenían, terminaban hostigándolos fuera de la influencia de Albert. Sin embargo, en 1938, caería la gota que derramaría el vaso.

Ese año fue en que, por medio de la Anchluss Österreichs, los nazis anexionaron Austria a Alemania. Una de las primeras empresas en expropiarse fue la Tobis-Sascha-Filmindustrie, la compañía cinematográfica más grande de Austria. El presidente de la empresa, Oskar Pilzer, fue detenido en Enero y entregado a la Gestapo debido a su ascendencia judía. Pilzer había sido jefe y maestro de Albert durante su corta carrera como cineasta, por lo que aún los unían lazos de amistad. El alemán le ayudó, en marzo, a escapar de la agencia consiguiéndole una identificación falsa, lo hizo pasar como migrante francés y lo sacó de Alemania. Albert iba demasiado lejos en sus rebeldías, cosa que no se toleraba ni siquiera a los funcionarios del Reich; mucho menos a los familiares. Lutze, siguiendo órdenes de Hitler, lo apresó dos meses después y lo encerró en la Prisión de Viena. Iba a ser enviado al campo de concentración de Mauthausen, pero su hermano Hermann intervino en su favor. Aprovechando su experiencia como empresario e industrial, se le nombró director de exportaciones de Skodovy Zádovy (división de ensamblaje de Skoda), en Checoslovaquia, para alejarlo del escenario alemán en donde no tuviera partidarios y no causara daño.

Mas estos intentos por sacarlo de la jugada resultaban infructuosos. En el Este, el más joven de los Göring se volvería aún más radical. Desde su llegada hizo todo lo que estuvo en sus manos para sabotear la maquinaria del Reich, fabricando vehículos defectuosos, retrasando o desviando pedidos, y entregándolos incompletos. Además, en Checoslovaquia, se puso en contacto con la resistencia que encabezaba Edvard Bénes. Existen anécdotas que nos cuentan de Albert que llegó a falsificar la firma de su hermano en varias ocasiones para liberar a disidentes o conmutarles la pena de muerte; que enviaba camiones al campo de concentración de Theresienstadt demandando mano de obra forzada para después, ya alejados de los presidios, soltarlos en algún paraje solitario; obtenía documentos oficiales para sus trabajadores judíos haciéndolos pasar por checos; facilitaba a la resistencia planos y especificaciones de los vehículos que fabricaba, así como productos de subsistencia que asignaba a las plantas en exceso, también con la firma de Hermann.

Después de la Segunda Guerra

En mayo de 1945, el Reich termina de desmoronarse. Una tras otra fueron liberadas las naciones que permanecían bajo el yugo alemán. Todos los alemanes fueron expulsados de Checoslovaquia, incluyendo a Albert Göring, que primero fue detenido por los checoslovacos pero, tan pronto como se hizo del conocimiento su participación con la resistencia, fue puesto en libertad. Luego fue llamado por las autoridades de la Ocupación Aliada en Alemania para ser juzgado en Nuremberg. Acudió, primero, al Juicio de Oswald Pohl, en el que no se le dio condena alguna por falta de pruebas, pero fue llamado de nuevo al Juicio de IG Farben, donde aportó numerosos testimonios a favor –entre ellos una lista con 34 judíos a los que ayudó a escapar de la Gestapo, de las SS y de campos de concentración -y se le absolvió. Aún así, se le encontró culpable de obtener una ganancia de 7.000 Reichmarks en las fábricas de Skoda con mano de obra esclavizada y, de la cual, no pudo aportar pruebas a su favor. Se le hizo cumplir una condena de dos años en la Prisión Estatal de Berlín, de donde salió en noviembre de 1947 para encontrarse con que los bienes y pensiones de la familia Göring habían sido confiscados y entregados al régimen de la Alemania Federal.

Todo este cúmulo de experiencias provocó un derrumbe en Albert, que se dio al descuido y la bebida. Por más que intentaba, jamás pudo conseguir un trabajo decente en la nueva Alemania Occidental, pues su apellido demostró tener mucho más peso que sus acciones. De vez en cuando encontró trabajo como escritor, dibujante o traductor, pero siempre esporádico y muy mal pagado. A pesar de los consejos de su viejo amigo Ernst Kassler, Albert siempre se resistió a cambiarse el nombre. Argumentaba que aún sin el apellido, los Göring eran bien reconocidos en Alemania, Austria y Suiza, sin tener que presentarse. En 1952, el gobierno alemán le concedió, por edad avanzada y desempleo, una pensión de 82 Deutschemarks mensuales, que equivalían a unos 95 dólares actuales en un país que aún no se recuperaba de los desastres económicos de la guerra. Desde entonces, hasta abril de 1966, Albert vivió en un departamento viejo y arruinado en el centro de Berlín, con una casera del viejo edificio como única compañía. La mujer le traía alcohol y comida del mercado, quedándose con el cambio para poder subsistir ella también. Pocos días antes de la muerte de Albert, ambos contrajeron matrimonio civil para que, a su muerte, la casera pudiera disponer de la pensión que el gobierno le otorgaba.

Albert Göring, caballero de Alemania, aristócrata y activista antinazi, hijo del Comisario de África del Sudoeste, ahijado del caballero Hermann von Epenstein, hermano del Mariscal del Reich Hermann Göring, primo y sobrino de los más influyentes personajes alemanes de fines del siglo XIX, moriría en Berlín, una noche de abril de 1966 en la más absoluta miseria, el más triste de los olvidos y el más patético heroísmo, acompañado tan sólo de una botella de ginebra y la casera que le ayudaba a soportar las penas de una vida injusta y atroz.

Fuentes

James Wyllie. «The Warlord and the Renegade»

William Hastings Burke. «Thirty four»


La Batalla de Jaffa

mayo 11, 2010

En esta ocasión he decidido transcribir uno de mis episodios favoritos de la historia: la lucha formidable que entablaron el Sultán de Siria y Egipto, Yussuf Salah ad-Din, y el Rey de Inglaterra, Ricardo I Corazón de León, en la etapa final de la Tercera Cruzada. Nunca ha tenido otro capítulo, para mí, semejante cantidad de heroísmo, epopeya y leyenda, y miren que las Cruzadas están, precisamente, plagadas de todo esto. Fue la Batalla de Jaffa, en el año de 1192, una pelea que involucró a pocos elementos -menos de 2.000 cristianos y poco más de 6.000 musulmanes -pero que se volvió legendaria por la naturaleza de la batalla misma, ya que fue en ésta donde relució por completo la personalidad carismática y paladinesca de los dos comandantes más grandes del siglo XII: uno el unificador del Islam en Medio Oriente, y el otro considerado «el más grande guerrero de la cristiandad».

En este artículo, el cual es una transcripción casi exacta del capítulo de «Guerreros de Dios» que narra la Batalla de Jaffa, me he tomado algunas libertades, como el hispanizar el nombre de algunas ciudades musulmanas o el colocar títulos a ciertas secciones del largo capítulo a manera de micro capítulos dentro del artículo. También le he adornado con algunas imágenes a fin de suavizarlo para la lectura de los camaradas que se agobian ante tanta letra.

Sin más preámbulos, les dejo disfrutar, directamente de las letras de James Reston Jr., una lectura exquisita, vertiginosa y mítica, que hará que más de uno termine con los cabellos erizados, justo como a mí me sucedió.

Antecedentes

En Julio de 1192, Ricardo Corazón de León reconoce la derrota de la cruzada y prepara la retirada. Comienzan las negociaciones de paz y las concesiones de tierras y castillos. El mayor obstáculo lo representa la fortaleza de Ascalón. A Saladino era impensable que la fortaleza siguiera en manos cristianas. Significaba cortar las comunicaciones entre las dos partes de su imperio. Los últimos ochenta años de historia árabe se podían explicar como el constante esfuerzo por unificar Siria y Egipto. Saladino había logrado personalmente esa unificación. Era su máximo éxito, y con ello el reino cruzado había sido debilitado y puesto en peligro. Ascalón era crucial para mantener esa unidad. Si la fortaleza seguía en manos cruzadas, la unidad árabe peligraba.

No tendréis derechos en la Ciudad Santa, excepto los de los peregrinos. Escalón debe desmantelarse, pero podéis retener el territorio de alrededor como compensación por los gastos de la fortificación. Darum también debe ser demolida, pero tendréis los territorios de la costa y sus fortalezas desde Jaffa hasta Tiro”.

En opinión de Ricardo, la reconstrucción de Ascalón tras la primera retirada de Beit Nuba había salvado la moral de sus hombres. Durante seis meses habían hecho un gran esfuerzo físico para reconstruirla. Una vez más, las torres se alzaban orgullosas por encima del mar. Ciertamente, con Ascalón y Darum como los puestos cruzados de vanguardia en dirección a Egipto quedaba asegurado el equilibrio de poderes entre los dos bandos, y el rey de Jerusalén tenía una razonable posibilidad de supervivencia.

El 16 de Julio, Ricardo contestó con palabras vagas como si no captara el mensaje: “Si los cristianos se contentan con una iglesia en la Ciudad Santa, no piden demasiado si desean disponer de tres fortalezas. Dejad que retengan lo que tienen de Darum a Antioquía”.

Una vez más, la réplica del sultán fue cortante. “Que los habitantes de Antioquía negocien por sí mismos. No están incluidos en nuestras negociaciones. Las ciudades que pedís no pueden ser cedidas, pero podréis tener Lydda como compensación por los esfuerzos y gastos incurridos en Ascalón.” (Lydda, al sudeste de Ramallah, otrora albergaba la catedral de San Jorge, que Saladino había demolido. Que Ricardo reconstruyera una catedral, si así lo deseaba, en vez de un bastión estratégico). El 20 de Julio, Ricardo contestó también cortante. “No podemos quitar una sola piedra de Ascalón”. Con esta respuesta, saladino volvió a prepararse para la guerra.

Se establece el Sitio de Jaffa

La iniciativa bélica pasó ahora al bando musulmán. El poderío de Saladino, su determinación y el servicio de espionaje militar le dieron una inmensa e inesperada ventaja. Los cruzados se retiraban en desorden y con discordias entre ellos. Ricardo y los franceses iban en direcciones diferentes. El carnero había perdido el ímpetu y hasta los cuernos. Los espías informaron al sultán de que solo los enfermos o los exhaustos permanecían en Jaffa. El grueso de las fuerzas había seguido a su rey a Acre. Y lo más importante era la noticia proveniente de Acre: el rey, cediendo a su impetuosidad, se había embarcado con parte de tropas rumbo al norte en una expedición contra Beirut. Eso ponía al rey a una distancia de cuatro días en caso de cualquier eventualidad en el sur.

Saladino tenía el camino libre para lanzar la ofensiva. A fines de Julio todas sus unidades importantes y sus comandantes habían llegado de rincones distantes del califato para defender Jerusalén. Las filas del ejército rebosaban de nuevos y entusiastas reclutas que se habían alistado tras conocer la noticia de la retirada cruzada de la Ciudad Santa, como si todo el bando musulmán se aprestara a asistir a la masacre. El ejército de Saladino desbordaba energías.

El 26 de Julio, las tropas musulmanas llegaron ante las murallas de Jaffa. Saladino pensó que resultaría fácil ocupar esa ciudad, ya que estaba defendida por una fuerza simbólica de poco más de 5.000 hombres cansados y enfermos. Con el ala izquierda al mando de su hermano, Malik al-Adil, y la derecha comandada por su hijo, Malik az-Zahir, las fuerzas ofensivas rodearon la ciudad y el sultán creyó que tardarían un solo día en invadirla.

Para su asombro, los defensores presentaron una férrea resistencia. Se emplazaron dos catapultas y cuatro mandrones mientras que los porteadores traían grandes piedras de las colinas. Al cabo de tres días, cedió la muralla exterior gracias al esfuerzo combinado de zapadores y artilleros. Pero cuando se derrumbó una sección del muro, los cruzados encendieron una inmensa fogata y crearon una cortina de fuego que imposibilitó la entrada de los soldados árabes.

El responsable de la defensa era un tal Alberic de Reims. Al principio, el barón no se comportó según las mejores tradiciones de la caballería. De hecho, cuando cedió la muralla, Alberic trató de salvar el pellejo escapando en un bote. Pero sus camaradas le cerraron el paso e hicieron regresar al viejo jefe encadenado como un vulgar desertor. Una vez bajo vigilancia y encerrado en una torre, el barón francés, observando los esfuerzos de los musulmanes ante los muros, declaró teatralmente: “Aquí entregaremos nuestras vidas al servicio de Dios”.

El tiempo se había convertido en el factor decisivo. Como de costumbre, Saladino se enteró de inmediato de que Ricardo había abandonado el alocado proyecto de ocupar Beirut y que volvía al sur a toda prisa. El sultán se dirigió a los kurdos de la primera línea de fuego. ¡Debían conquistar la ciudad antes de que regresase Malik Ric! (así era como llamaban a Ricardo). Pero los hombres se mostraron manifiestamente agotados e incapaces de un esfuerzo mayor.

Mientras tanto, los defensores apostaron por ganar tiempo. Había asumido el mando el recién electo patriarca, el ex obispo de Belén. El cura demostró ser “un hombre al que no arredraba el miedo a la muerte ni atemorizaba ningún peligro”. Además, era inteligente. Envió emisarios a las líneas musulmanas ofreciendo humildemente la rendición de la ciudad si tenía lugar un intercambio de prisioneros y si podían pagar el rescate como se había hecho en Jerusalén cuatro años atrás: diez monedas de oro por cada hombre, cinco por cada mujer y tres por cada niño.

Saladino rechazó de plano estas ofertas condicionadas aunque luego se arrepentiría. La mera presencia de los embajadores yendo y viviendo con la posibilidad de una tregua o rendición inminente no solo era una pérdida de tiempo precioso, sino que también minaba la moral de los soldados. El asedio perdió parte de su vigor.

Aun así, cinco días después del inicio del sitio, la puerta del este que daba a Jerusalén era una ruina. En varias aberturas del muro los hombres combatían cuerpo a cuerpo. Poco a poco, los defensores eran empujados hacia la ciudadela, que dominaba el centro de la ciudad. Una vez más, el patriarca pidió la paz mejorando sus propuestas anteriores y sugiriendo la entrega de rehenes prominentes como parte del acuerdo. Esta vez Saladino aceptó en el acto. Los rehenes salieron encabezados por el deplorable Alberi de Reims.

Los defensores volvieron a atrincherarse en la ciudadela a la espera de que llegara Ricardo o disponiéndose al martirio. Al mismo tiempo, los soldados árabes entraron en la ciudad y se entregaron a una orgía de pillaje. Saladino no podía hacer nada por frenarlos ya que hacía demasiado tiempo que no conquistaban una ciudad y se sentían frustrados. Pero apostó a los mejores soldados kurdos en las puertas de la ciudad de modo que cuando las tropas salían cargadas, los kurdos les confiscaban todo el botín.

Llegada de Ricardo Corazón de León

En la madrugada del sexto día de asedio, un día celebrado en el calendario cristiano como de San Pedro Encadenado, se divisó en el horizonte una flota de treinta y cinco galeras. Ricardo estaba apostado en la proa de la nave capitana, la Trenchemere, pintada de rojo, con velas también rojas y un inmenso estandarte real con los tres leones contra el fondo heráldico. Los barcos transportaban a los templarios y hospitalarios más valientes, así como a pisanos y genoveses.

El rey llevaba un retraso de dos días porque vientos adversos habían detenido la flota en Haifa. Disgustado y exasperado por la ausencia de vientos favorables, el rey había elevado la mirada al cielo y gritado: “Misericordia, Dios Mío! ¿Por qué me retienes y retrasas cuando marcho en tu nombre?”. Era como si el plan insondable de Dios dificultara las cosas. Poco antes de que la flota zarpara de Acre, otro contingente de templarios y hospitalarios había salido por tierra de aquella ciudad, pero una banda combinada de soldados de Saladino y de Asesinos le había cortado el paso entre Cesárea y Arsuf, y los retenía allí.

El sábado por la mañana ya había empezado en Jaffa el rescate de los cristianos. Casi cincuenta caballeros habían pagado las diez monedas de oro y habían sido liberados. Pero cuando el sonido de las trompetas llegó a la torre de la ciudadela y los defensores corrieron a la muralla y vieron las velas rojas del rey en la distancia, todos gritaron las palabras de Isaías, “habían llamado al Señor y este les había enviado un gran salvador que los liberaría”. La rendición se paró en seco, se volvieron a cerrar las puertas y los defensores se ajustaron sus armaduras y se encerraron en la torre de la ciudadela.

Cuando los sonidos de las trompetas llegaron al pabellón de Saladino, este se encontraba con el patriarca cristiano discutiendo los últimos detalles del acuerdo. El patriarca se retiró y Saladino se hizo cargo de la situación militar. Considerando que una flota de treinta y cinco galeras representaba una cantidad modesta de soldados, ordenó que las playas delante de la ciudad fueran ocupadas por soldados musulmanes. Su misión era no dejar desembarcar a los cruzados.

Vista desde las galeras cristianas, la multitud de la playa parecía un obstáculo formidable. Los árabes formaban un cordón tan unido que parecían incapaces de moverse; los arqueros apuntaban al agua y disparaban tal descarga de flechas que parecía que el cielo se oscurecía- Detrás la caballería trataba de calmar a los corceles. Los defensores de la playa armaron un gran alboroto voceando sus gritos de guerra de Tahlil y Takbir sobre la grandeza de su único Dios y chasqueando la lengua de un modo enervante y etéreo. Ricardo no podía saber si la ciudadela aún estaba en manos cristianas ya que en todas las murallas ondeaban banderas musulmanas. De no ser así, no tenía sentido un ataque frontal. En su propio consejo se escucharon voces discordantes sobre cuál tenía que ser el próximo paso.

En medio de la indecisión, de la gran altura de una torre, una figura distante se dejó caer imprevistamente a la playa, como si hubiera encomendado su alma al Mesías. Entró en el agua y nadó con furia hacia la nave capitana. Cuando fue subido a bordo, el mensajero resultó ser un cura.

– Noble rey –balbuceó-, nuestra gente espera vuestra llegada.
– ¿Qué decís? ¿Aún queda gente con vida?
– Como dice el Salmo, en tu nombre nos mortifican todo el día. Nos cuentan como ovejas para el sacrificio… a menos que la gracia divina os haya traído a nuestro rescate.
– ¿Algunos viven?
– Sí, pero encerrados en el interior de aquella torre.
– Gracias a Dios, con cuya guía hemos llegado. Moriremos junto a nuestros hermanos en armas y que un rayo parta a quienes dudan.

Todas las galeras se acercaron a la playa.

El rey fue el primero en saltar al agua. Se había despojado de la armadura de las piernas y de la cintura. Al principio, el agua le llegaba al estómago mientras avanzaba con el arco en una mano y la espada en la otra. Los hombre lo siguieron ansiosos sintiendo, como los hombres de Saúl en Gibea, que sus corazones escuchaban una llamada divina. Tan impresionante era la presencia de este hombre inmenso, de este atleta soberbio que avanzaba contra la multitud, que casi por instinto los musulmanes retrocedieron sobrecogidos e intimidados. Empezó la lucha. Poco después se estableció una cabeza de puente en la playa. Se trajeron planchas y barriles para formar una trinchera y detrás se colocaron los arqueros.

Ricardo se abrió paso hasta una escalera de caracol que llevaba a la casa de los templarios y pronto se encontró en las callejuelas de Jaffa con una banda de monjes guerreros sedientos de sangre. Tan pronto como les fue posible izaron la bandera real en las murallas para que la pudieran ver los hombres que permanecían encerrados en la torre. Cuando Saladino se enteró de la rapidez del avance cruzado, de la cabeza de puente, del pánico de sus soldados que retrocedían ante el enemigo, de que el rey ya andaba por las calles de Jaffa y se lanzaba a liberar la torre mientras los defensores de esta habían salido a encontrarse con su rey, no pudo dar crédito a la incompetencia y la cobardía de sus propias tropas.

-¿Cómo puede ser? -exclamó. -¿Cómo es posible que hayan logrado esto? ¡Nuestro ejercito es muy superior en infantería y caballería!.

Ricardo había empezado el día con tres caballos. Ahora la fuerza cruzada disponía de unos doce caballos y todas las tropas musulmanas huían, a caballo o a pie. Los avergonzados emires evitaban la mirada del sultán. – Señor, no es lo que os imagináis- farfulló uno de los consejeros. – Pese a todo, pienso que podríamos sorprender a este magnifico rey ya que está casi solo en su tienda y descansa totalmente agotado-. Por tanto, todo se reducía a eso. La única esperanza de sus subordinados era asesinar al rey. A Saladino se le revolvían las tripas del disgusto.

Los tres días que siguieron a la liberación de Jaffa, Ricardo estuvo acampado fuera de la ciudad, en la colina que Saladino había intentado defender, y se concentró en reparar las dañadas murallas de la ciudad. Pero era verdad, se sentía exhausto del esfuerzo de la batalla y se echó en el diván con la esperanza de poder descansar. En ese lapso, él y Saladino intercambiaron una serie de comunicados. Los emisarios cabalgaban continuamente y a toda velocidad entre los dos cuarteles generales, de modo que los contactos eran tan intensos y frecuentes que casi podría decirse que los dos lideres estaban discutiendo cara a cara.

Mientras negociaba, Saladino seguía activo. Ordenó la destrucción de otra guarnición cruzada al sudeste de Jaffa, llamada Beit Dejan, antes de que su ejército siguiera a Ramallah para estudiar el siguiente paso. Gracias a sus exploradores se enteró de que otro destacamento cruzado venía de Acre a “socorrer” las reducidas unidades cristianas de Jaffa. Saladino decidió cortarle el paso a toda costa. Cada minuto que pasaba, le parecía más sensato el plan de los emires de lanzar un ataque sorpresa con la esperanza de capturar a Ricardo. Saladino dejó el equipo pesado en Ramallah y salió por la noche. A la mañana siguiente se encontró con solo doce tiendas, incluyendo la real, con sus ocupantes durmiendo a pierna suelta en la llanura cercana a Jaffa.

En silencio las fuerzas musulmanas se acercaron de madrugada a la tienda de Ricardo. Entonces, en una especie de farsa luego atribuida a la gracia divina, dos comandantes empezaron a discutir sobre quién debía capturar al rey.

-Id a pie a capturar al rey y sus seguidores mientras nosotros seguimos a caballo para evitar que escapen al castillo- dijo uno con grandilocuencia.
-Nada de eso. Vosotros vais a pie- replicó el otro-. Nuestro rango es superior. Haremos contentos lo que nos corresponde, pero el servicio a pie es para vosotros.

Por supuesto, ninguno se mostró dispuesto a golpear la puerta de la tienda y despertar de su pacífico sueño al más grande guerrero y matador de árabes del mundo. Y la discusión fue lo bastante ruidosa para provocar la alarma en el campamento cruzado.

Ricardo salió corriendo de su tienda poniéndose la armadura y dando órdenes a gritos. En una muestra increíble de disciplina y de orden, sus soldados formaron una línea defensiva al tiempo que siete escuadrones musulmanes formados por varios miles de jinetes salieron de la oscuridad y cayeron sobre los defensores. En la primera línea, los hombres de Ricardo se arrodillaron hombro con hombro, muslo con muslo, detrás de sus escudos y con las lanzas en ristre. Detrás de ellos se emplazaron parejas de arqueros, uno para disparar y el otro para cargar las armas. Y lanzaron ráfaga tras ráfaga sin cesar. Más atrás, unos ochenta caballeros estaban ya prestos para atacar. Solo disponían de una docena de caballos de guerra y una mula. Al principio, Ricardo cruzó corriendo la retaguardia exhortando a sus hombres a combatir.

Aunque la proporción era de uno a cuatro hombres a favor de los musulmanes, la lluvia de flechas de los cruzados se cobró gran cantidad de vidas humanas y de caballos de los asaltantes. Saladino observaba el combate desde la distancia de un altozano y vio que sus soldados no pudieron abrir una brecha en la línea enemiga. Tras el primer ataque, Ricardo salió al descubierto y embistió el centro del enemigo seguido por diez caballeros. “El rey se comportó como un gigante en la batalla; estaba en todas partes. Ahora aquí, luego allí y siempre donde era más violento el ataque de los turcos”, escribió un cronista. De repente, lo desmontaron.

– Señor, mirad, el rey ha caído y está en pie – gritó alterado a su señor uno de los sargentos. Saladino ya lo había visto.
– ¿Cómo puede ser? – dijo con calma-. ¡No puede ser que un rey combata a pie delante de sus hombres!- Entonces, volviéndose a su hermano Malik al-Adil, dijo: “Llévale estos dos caballos árabes. Dile que yo se los envío porque un hombre tan grande como él no debe permanecer en pie en medio de una batalla”.

Fue el acto supremo de caballería de la Tercera Cruzada. Un obsequio por “las hazañas que habéis logrado y la valentía que habéis demostrado” le dijo Malik cuando llegó hasta él en medio del fragor de la batalla. Solo le pidió que luego recordara el regalo si salía con vida del combate.

La batalla continuó y se extendió a la misma ciudad. Al cabo de un rato, había tantas flechas en la armadura y coraza de Ricardo que parecía un puercoespín. En un momento dado, el enemigo lo rodeó por completo, solo en la multitud, y sin embargo se libró de ella dejando un reguero de sangre. Era como si estuviera poseído por las palabras del Deuteronomio: “Embriagaré mis flechas en sangre, mi espada devorará la carne; sangre de muertos y cautivos, cabezas de jefes enemigos. Naciones, aclamadlo con su pueblo, porque él venga la sangre de sus siervos, porque toma venganza del enemigo”. De repente, un emir sobre un caballo ricamente enjaezado y frustrado por la extrema y casi sobrenatural destreza de Ricardo en la acción, cargó contra el rey, quien le cortó la cabeza y medio brazo de un solo golpe. Los guerreros musulmanes retrocedieron ante semejante espectáculo. A medida que avanzaba el día, aumentaba su radio de acción: el rey se había convertido en una máquina de matar. Era Corazón de León y, tal como dice el proverbio, “un león, el más feroz de los animales, no se arredra ante nada”. Al anochecer la batalla aflojó. El bando musulmán había perdido unos setecientos hombres y mil quinientos caballos mientras los cruzados solo tenían dos bajas y algunos heridos.

Y ese día –escribió Baha ad-Din, el cronista de Saladino, con tanto desdén como admiración-, el rey de Inglaterra, lanza en ristre, se paseó delante de nuestro ejército sin que ninguno de nuestros hombres osara desafiarlo.

Fue la última batalla de la Tercera Cruzada.

Fuente

James Reston Jr. «Guerreros de Dios: Saladino y Ricardo Corazón de León en la Tercera Cruzada».


Comentario sobre la Injerencia Norteamericana

marzo 26, 2010

Comentario hecho por Fabián Berenstein en su obra “Go Home!

La presencia de los Marines como fuerza de ocupación, intimidatoria y agresiva, fue uno de los recursos a los que echó mano la Casa Blanca para concretar la expansión de los intereses comerciales allende los mares. Para sintetizar muy gráficamente el espíritu que primó en estas fuerzas especiales, encargadas de llevar adelante las intervenciones armadas en América Latina, basta con recordar las palabras de un ex comandante de los Marines, el mayor general Smedley D. Butler, durante una declaración pronunciada en el Congreso de los Estados Unidos, en 1935. En aquella oportunidad y a modo de balance personal por su participación en invasiones a México, Cuba, Nicaragua, República Dominicana y Honduras, dijo el militar:

He servido durante treinta años y cuatro meses en una de las unidades más combativas de las fuerzas armadas norteamericanas: la infantería de marina. Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo este tiempo de bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios de Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un rakeeter al servicio del capitalismo. […] Fui premiado con honores, medallas y ascensos. Pero cuando miro hacia atrás considero que podría haber dado algunos consejos a Al Capone. Él, como gangster, operó en tres distritos de una ciudad. Yo, como marine, operé en tres continentes […] la bandera sigue al dólar, y los soldados siguen a la bandera.

Otra información

Cabe destacar que Smedley Butler es el oficial de la infantería de marina y uno de los militares más condecorados de la historia de los Estados Unidos. Ha recibido dos veces la Medal of Honor y ésta y la Marine Corps Brevet Medal por acciones separadas, siendo el único militar estadounidense en lograrlo. Participó en conflictos en todo el mundo a lo largo de sus ascensos: como teniente coronel en China y Filipinas, como general en la Segunda Guerra Mundial y como mayor general en todas las invasiones a países latinoamericanos. Después de su retiro publicó la obra “War is a Racket” en la que condena ferozmente la rapacidad de cientos de empresas nacionales y privadas en confabulación con el gobierno de los Estados Unidos para la obtención de territorios, ventajas competitivas y adquisición y expoliación de recursos vitales y zonas estratégicas en todos los continentes del mundo. “War is a Racket” es un libro de cabecera para todas las organizaciones pacifistas y moralistas tanto en Estados Unidos como en la mayoría de los países que las poseen.


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