Historia de un alemán estigmatizado

mayo 14, 2010

Infancia y juventud

Albert Günther, de origen alemán, fue el quinto hijo de un funcionario del imperio que se desempeñó como Comisario de África del Sudeste y Cónsul General en Haití. Nació en marzo de 1895 en una familia de buena posición que estaba emparentada o ligada políticamente con personajes prominentes del gobierno. Su padre provenía de una familia de judíos suizos convertidos al cristianismo y su madre de una familia rural de Bavaria. Entre los parientes de Albert podían contarse a los Condes de Zeppelin, a la familia Merck, dueños del gigante farmacéutico, a los historiadores Herman Grimm y Jacob Burckhardt y el escritor Gertrud von Le Fort. La familia de Albert tenía una vida aristocrática gracias a la herencia que en muerte les dejó su patriarca judío el Ritter Hermann von Epenstein, que incluía los castillos de Veldenstein y Mauterndorff.

Hermann von Epenstein, de profesión físico y un influyente agente de los Hohenzollern, fue un pilar fundamental para Albert y sus hermanos ya que, la mayoría del tiempo, su padre se encontraba fuera del país en misiones diplomáticas. Sus hermanos fueron Olga Theresa, Karl Ernst, Paula Elisabeth y, el mayor de todos, Hermann Wilhelm, quien llegaría a ser un afamado político y militar en la Alemania de los 40’s. Eran estos los componentes de la infancia de Albert Günther Göring, hermano del Jerarca Nazi y Comandante Supremo de la Luftwaffe Hermann Wilhelm Göring.

Albert estuvo muy influenciado por su padrino, von Epenstein, quien era un hombre de mundo, de carácter jovial y porte aristocrático. Se rodeó prontamente de los círculos más selectivos y fue miembro de hermandades y sociedades civiles y empresariales. Al contrario de su hermano, que desde su juventud destacó como piloto de la aviación alemana, Albert se dedicó a ser empresario, a la tertulia, las charlas y las artes. En 1932 comenzó con una serie de cortometrajes sobre la caída del Imperio Alemán y la biografía de Guillermo II, pero ante el ascenso de los nazis en el gobierno tuvo que abandonar tales prácticas por considerarse socialistas.

Actividad antinazi

Y así fue como comenzó una vida llena de activismo y sabotaje contra el régimen del cual su hermano mayor era miembro prominente. En 1933 se unió a la protesta aristocrática ante el cierre de la Bauhaus y en el mismo año apoyó a una delegación de mujeres judías que fueron forzadas a lavar las banquetas. El oficial de las SS a cargo lo detuvo, pero al reconocer su nombre en su identificación, no queriendo ser el culpable de la humillación pública del hermano de Hermann Göring, lo dejó libre e hizo detener la limpieza de las banquetas. Muchas fueron sus intervenciones en que salvó de la prisión, de la humillación o de la muerte a varias personas, lo que le valió la persecución y la hostilidad del partido, negándosele sus dietas, a las que tenía derecho por ser familiar de un alto mando del partido, y a los trabajos en la esfera del NSDAP, que eran los mejor pagados. Sus rabietas y caprichos eran tolerables aún para la SA y la Gestapo, que de cualquier manera no se mostraban interesados en atrapar a personas sin importancia, y si la importancia la tenían, terminaban hostigándolos fuera de la influencia de Albert. Sin embargo, en 1938, caería la gota que derramaría el vaso.

Ese año fue en que, por medio de la Anchluss Österreichs, los nazis anexionaron Austria a Alemania. Una de las primeras empresas en expropiarse fue la Tobis-Sascha-Filmindustrie, la compañía cinematográfica más grande de Austria. El presidente de la empresa, Oskar Pilzer, fue detenido en Enero y entregado a la Gestapo debido a su ascendencia judía. Pilzer había sido jefe y maestro de Albert durante su corta carrera como cineasta, por lo que aún los unían lazos de amistad. El alemán le ayudó, en marzo, a escapar de la agencia consiguiéndole una identificación falsa, lo hizo pasar como migrante francés y lo sacó de Alemania. Albert iba demasiado lejos en sus rebeldías, cosa que no se toleraba ni siquiera a los funcionarios del Reich; mucho menos a los familiares. Lutze, siguiendo órdenes de Hitler, lo apresó dos meses después y lo encerró en la Prisión de Viena. Iba a ser enviado al campo de concentración de Mauthausen, pero su hermano Hermann intervino en su favor. Aprovechando su experiencia como empresario e industrial, se le nombró director de exportaciones de Skodovy Zádovy (división de ensamblaje de Skoda), en Checoslovaquia, para alejarlo del escenario alemán en donde no tuviera partidarios y no causara daño.

Mas estos intentos por sacarlo de la jugada resultaban infructuosos. En el Este, el más joven de los Göring se volvería aún más radical. Desde su llegada hizo todo lo que estuvo en sus manos para sabotear la maquinaria del Reich, fabricando vehículos defectuosos, retrasando o desviando pedidos, y entregándolos incompletos. Además, en Checoslovaquia, se puso en contacto con la resistencia que encabezaba Edvard Bénes. Existen anécdotas que nos cuentan de Albert que llegó a falsificar la firma de su hermano en varias ocasiones para liberar a disidentes o conmutarles la pena de muerte; que enviaba camiones al campo de concentración de Theresienstadt demandando mano de obra forzada para después, ya alejados de los presidios, soltarlos en algún paraje solitario; obtenía documentos oficiales para sus trabajadores judíos haciéndolos pasar por checos; facilitaba a la resistencia planos y especificaciones de los vehículos que fabricaba, así como productos de subsistencia que asignaba a las plantas en exceso, también con la firma de Hermann.

Después de la Segunda Guerra

En mayo de 1945, el Reich termina de desmoronarse. Una tras otra fueron liberadas las naciones que permanecían bajo el yugo alemán. Todos los alemanes fueron expulsados de Checoslovaquia, incluyendo a Albert Göring, que primero fue detenido por los checoslovacos pero, tan pronto como se hizo del conocimiento su participación con la resistencia, fue puesto en libertad. Luego fue llamado por las autoridades de la Ocupación Aliada en Alemania para ser juzgado en Nuremberg. Acudió, primero, al Juicio de Oswald Pohl, en el que no se le dio condena alguna por falta de pruebas, pero fue llamado de nuevo al Juicio de IG Farben, donde aportó numerosos testimonios a favor –entre ellos una lista con 34 judíos a los que ayudó a escapar de la Gestapo, de las SS y de campos de concentración -y se le absolvió. Aún así, se le encontró culpable de obtener una ganancia de 7.000 Reichmarks en las fábricas de Skoda con mano de obra esclavizada y, de la cual, no pudo aportar pruebas a su favor. Se le hizo cumplir una condena de dos años en la Prisión Estatal de Berlín, de donde salió en noviembre de 1947 para encontrarse con que los bienes y pensiones de la familia Göring habían sido confiscados y entregados al régimen de la Alemania Federal.

Todo este cúmulo de experiencias provocó un derrumbe en Albert, que se dio al descuido y la bebida. Por más que intentaba, jamás pudo conseguir un trabajo decente en la nueva Alemania Occidental, pues su apellido demostró tener mucho más peso que sus acciones. De vez en cuando encontró trabajo como escritor, dibujante o traductor, pero siempre esporádico y muy mal pagado. A pesar de los consejos de su viejo amigo Ernst Kassler, Albert siempre se resistió a cambiarse el nombre. Argumentaba que aún sin el apellido, los Göring eran bien reconocidos en Alemania, Austria y Suiza, sin tener que presentarse. En 1952, el gobierno alemán le concedió, por edad avanzada y desempleo, una pensión de 82 Deutschemarks mensuales, que equivalían a unos 95 dólares actuales en un país que aún no se recuperaba de los desastres económicos de la guerra. Desde entonces, hasta abril de 1966, Albert vivió en un departamento viejo y arruinado en el centro de Berlín, con una casera del viejo edificio como única compañía. La mujer le traía alcohol y comida del mercado, quedándose con el cambio para poder subsistir ella también. Pocos días antes de la muerte de Albert, ambos contrajeron matrimonio civil para que, a su muerte, la casera pudiera disponer de la pensión que el gobierno le otorgaba.

Albert Göring, caballero de Alemania, aristócrata y activista antinazi, hijo del Comisario de África del Sudoeste, ahijado del caballero Hermann von Epenstein, hermano del Mariscal del Reich Hermann Göring, primo y sobrino de los más influyentes personajes alemanes de fines del siglo XIX, moriría en Berlín, una noche de abril de 1966 en la más absoluta miseria, el más triste de los olvidos y el más patético heroísmo, acompañado tan sólo de una botella de ginebra y la casera que le ayudaba a soportar las penas de una vida injusta y atroz.

Fuentes

James Wyllie. «The Warlord and the Renegade»

William Hastings Burke. «Thirty four»


La maldición blanca

enero 23, 2010

Publicado por Eduardo Galeano en Nodo50.org

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que «confinar la peste en esa isla». Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.

De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:

– ¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?

– El anterior.

– Pues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron la «deuda francesa». Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.

Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.

La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.

Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.


Orgullo de ser mexicano

octubre 26, 2009

Letras Libres: Felicidades por ser mexicano

Autor: Guillermo Sheridan

A la sombra del mes patrio, un banco convoca Mi orgullo de ser mexicano (luego me pide, en calidad de documento probatorio, que lo demuestre contratando sus servicios).

Si uno escribe en Google la frase “orgullo de ser mexicano” aparecen 219 mil resultados; si se pone en plural el gentilicio, aparecen 203 mil. Si las búsquedas se ponen en femenino aparecen 32 mil. Si se pone “proud to be mexican” hay 175 mil resultados (por ejemplo: “I am Americana but love mi cultura para siempre. Places and things that make my Latina corazon happy!”). Por otra parte, “proud to be an american” genera 506 mil resultados, pero “fière d’être français” sólo 15 mil.

La primera entrada que produce “orgullo de ser mexicano” en Google es el blog “Somos México”. Dice el autor que “El pueblo mexicano desde mi punto de vista está lleno de tradiciones y múltiples manifestaciones coloridas de su cultura, sobra decir cuáles y cuántas son” (la primera múltiple manifestación colorida, obviamente, consiste en torturar la lengua castellana). Es de lamentarse que el autor dé por sabidas “cuántas y cuáles” son esas tradiciones. Tengo la impresión de que ello delata una inseguridad muy tradicional y muy nuestra. Si se le pidiera que no las diese por sabidas y las enumerase, ¿qué pasaría? Me temo que la confusión, el balbuceo y la previsible lista de lugares comunes que se saben las Miss México.

Orgullo 01El autor del siguiente resultado Google se declara orgulloso por “lo grandioso de nuestros antepasados, por nuestra diversidad, nuestras costumbres, nuestros paisajes, nuestra musica, sus playas, comida y calidez de su gente”. Es decir, la convicción de que: 1) nuestros antepasados son mejores que otros, 2) los demás países no han descubierto sus costas, y 3) un país sin tacos de nana se encuentra en deplorable desventaja. Estas convicciones, desde luego, son parte de nuestra tradición.

Todos los participantes que enumeran sus orgullos en Google concurren en que es un “país bello”, con pasado “glorioso”, donde hay “mujer mexicana”, donde hay “gentes con corazón como ninguno” y donde hay “playas”. A partir de ahí comienzan las sutilezas. Por ejemplo, es motivo de orgullo haber llevado ayuda a los damnificados por el huracán Katrina, contar con la voz de Vicente Fernández (un charro bramante que se viste de rosa), con Kalimán (un héroe de cómic de origen levantino), con artesanías, con su “tequila” (una bebida), sus “tierras fértiles” (una quimera), su Atlante (un equipo de soccer), su “Huapango de Moncayo” (una composición musical) y, para terminar, “el calentamiento global” (que al parecer es mejor en México que en ninguna otra parte). Nadie anotó como motivo de orgullo que hayamos inventado una religión que adora a la santa muerte. Ya llegará.

Orgullo 02El orgullo de ser mexicano aumenta en momentos de crisis. Eso explica que durante los últimos setenta años hayamos estado tan orgullosos. El orgullo entre nosotros es una forma de la desesperación. ¿Enorgullecernos de nuestras conquistas sociales? Nuestros estudiantes están peor cada año. Nuestros maestros peor. La condición de pobreza es espeluznante y la exhibición que hacen los ricos de su riqueza es vulgar y ofensiva. La crueldad y saña que los elementos antisociales ponen en sus fechorías es pasmosa (para no mencionar sino a los políticos). La mansedumbre con que la pobre gente acepta la esclavitud voluntaria a un líder sindical a cambio de un nombramiento “de base” es indignante. Nuestras experiencias estéticas se reducen a la música, pero sólo conocemos un instrumento, el claxon, y sólo dos melodías: “Quítate” y “Chinga tu madre”. Las únicas industrias que prosperan son la comida chatarra, el giro negro y las pompas fúnebres. Nuestro sistema judicial sirve para resolver sólo el 1% de los crímenes y nuestros policías sólo parecen servir para poner los triangulitos amarillos de plástico que traen un número negro junto a los casquillos percutidos en las escenas del crimen para quedárseles mirando con aire intrigado. (La manufactura de triangulitos amarillos sería otra industria próspera, pero apuesto a que están hechos en China y apenas se dan abasto para surtir la demanda mexicana.) La división de poderes, el federalismo y la libertad del municipio sirvieron sobre todo para multiplicar la corrupción. El robo en todas sus manifestaciones se ha convertido en una de las bellas artes. ¿Cómo se puede estar orgulloso de un país que confeccionó el apotegma “el que no tranza no avanza”?

En fin. Ya me puse lóbrego. Los idus de septiembre. No habrá más remedio que contratar a ese banco.

Comentario

Lamentablemente es una realidad el que la mayoría de los mexicanos nos sentimos orgullosos de un nacionalismo basado en la ignorancia y unas raíces y tradiciones nada espectaculares, salvo la particularidad que absolutamente todas las demás culturas del mundo también poseen. ¿Cuántos de nosotros nos hemos esforzado por conocer un poco de nuestras raíces culturales? ¿Cuántos hemos leído a Nezahualcoyotl o a Vasco de Quiroga? ¿Cuántos hemos viajado a Janitzio, Teotihuacan o Casas Grandes? ¿Cuántos hemos estudiado la Historia de México?

Habemos muchos que hemos viajado a ciudades como New York o París, y sin embargo no conocemos nada del pueblo vecino. Sabemos dónde encontrar las mejores prendas de vestir, lo de la última moda o lo más barato, pero no sabemos donde venden el mejor queso, la mejor carne o el mejor pan de nuestras comunidades rurales. Conocemos a personajes como Tiziano Ferro o Enrique Iglesias, pero no tenemos ni idea de lo que hicieron en el pasado Martín Murrieta o Jacinto Canek. Nuestra música folclórica, que en otros tiempos fue hermosa y considerada de enorme valor histórico por los estudiosos de habla hispana, está enormemente influenciada por los narcocorridos y el consumismo barato. La tambora ya no se escucha para cantar las gestas de Pancho Villa y Álvaro Obregón, sino para presumir las toneladas de marihuana que hemos conseguido colarle a los norteamericanos. El mariachi ahora está lleno de melodías melosas y plásticas y ha perdido la gallardía y la picardía de Jorge Negrete o la crítica social de Amparo Ochoa ¿Estamos orgullosos de Acapulco y Cancún, donde se pasean con total tranquilidad los turistas estadounidenses y canadienses, pero se le niega el paso libre a los mexicanos de clase baja? ¿O del whiskey que no debe faltar en las fiestas de las personas que necesitan presumir su poder adquisitivo? ¿Tal vez de las artesanías chinas que han superado económicamente a las nuestras, porque preferimos pagar diez pesos menos y ahorrarnos el regatear con los indios maleducados que nos quieren estafar? ¿Orgullosos de contener en nuestra nacionalidad al hombre más rico del mundo (a pesar de que sea de ascendencia libanesa, eso no importa)?


La Ronda #9: Música, maestro

febrero 26, 2009

La ronda no. 9
¿Acostumbras a acompañar la cerveza con música? Si así es, ¿con algún estilo musical concreto? Si la respuesta fuese negativa, ¿con qué actividades compaginas entonces el disfrute de una cerveza?

Los muchachos bebedores de Hipos Urinatum y unos cuantos colegas llevan a cabo esta magnífica aportación a la comunidad blogger, conviviendo mediante la redacción de artículos en el fomento de la cultura cervecera. Esta dinámica, denominada en esta comunidad como La Ronda, está en su novena edición, y Embracing, Sir Asf y Dientes de bala han propuesto, como tema para la charla, el material sonoro con que cada quién acompaña una buena noche de cañas, tarros, chelas, cheves, birrias, botes o cuartitos, dependiendo de la zona horaria en que se encuentre.

En lo personal, yo solo bebo cerveza en cuatro situaciones: cuando estoy dibujando o escribiendo, cuando estoy leyendo en mi casa, cuando estoy echando mecánica o reparando algo en mi casa, y cuando estoy en una buena charla con unos amigos. Y así como tengo una cerveza diferente para disfrutar en cada situación, también tengo un género predilecto en cuanto a música.

En el primer caso, de estar diseñando o escribiendo cualquier cosa, me gusta sentarme en mi escritorio con una Negra Modelo, un buen vaso reposado por una media hora en un congelador y rock psicodélico o progresivo, tal vez metal progresivo, y grunge también, ¿por qué no? Si estoy escribiendo pongo el vaso a la mitad a un lado de mi escritorio y guardo el resto de la botella en el congelador con la corcholata, para servirla unos quince minutos después. Con esta combinación me mueve demasiado Pink Floyd, en especial su Animals o el Wish you were here, The Beach boys, The Who y, últimamente, he encontrado algo más de motivación con Porcupine tree. A la hora de dibujar me gusta algo menos melodioso, como el The dark side of the moon, de Pink Floyd, y el Fear of a blank planet o el Lightbulb sun, de Porcupine tree. Me produce especial motivación el grunge, en especial el de Alice in chains y Soundgarden, el metal progresivo de Tool, el stoner de Queens of stone age y el experimental de los Mars volta. En estas condiciones en que entro completamente en trance, prefiero meter la botella cerrada al congelador y sacarla para beberla directa casi a punto de cuajar, pareciéndome excelsamente deliciosa.

En otra situación un poco diferente, como a la hora de estar leyendo un buen libro, me gusta acompañar estos gloriosos momentos con música de new age o soundtracks, en especial los de Hans Zimmer, música folk, resaltando a Slainte Mhath, folk metal o power metal, con la participación indiscutible de Blind Guardian, y la mejor compañía es una buena Guiness Extra Stout, que las compro en el centro de la ciudad a precio de un ojo de la cara, pero que bien vale la pena. Si el libro es algún análisis o tratado completo me gusta relajarme con música ambiental, y si es una novela épica histórica o un clásico de la literatura, me salta la necesidad de ambientarla con buenos coros y música potente. Sí, también confieso que Rhapsody me inspira y no me da vergüenza decirlo. Si no tengo Guiness en mi refrigerador, me conformo con un trago de Chivas Reagal en las rocas -que el dieciocho sabe divino, pero no le hago el feo a ninguno de sus añejos -o un vino californiano, preferentemente de L.A.Cetto.

A la hora de estar realizando tareas hogareñas, descomponiendo el coche o derrumbando la casa a pedazos, lo más apropiado, naturalmente, son los violentos riffs de Metallica y Megadeth, que también va acorde con la suciedad acumulada en la ropa y hace que aflore la adrenalina. Iron Maiden, Judas Priest y Manowar también son muy buenas opciones. Ante esta manifestación de hombría desbordada, me voy al super y me compro un doce de Tecate Roja en lata, y la bebo como la bebemos los hombres: a grandes tragos y de un jalón. A falta de esta extraordinaria bebida refrescante -cosa imposible en Sinaloa -optaría por refrescarme con una buena Pacífico Ballena, bebida hidratante recomendadísima por todos los trabajadores de una tierra con un clima de entre 25 y 50°C todo el año.

Pero pasemos al momento de compartir, el motivo de existencia de la cerveza -¡A huevo! -. En esta situación, depende de dos variables: si se está compartiendo con los amigos en una noche de bar, para lo cual, lo más perfecto es música trova viva, rock campirano, country o ya directamente un blues urbano o un ska pachuquero, para lo cual los de La Maldita Vecindad son dios. En country he encontrado camino con The Charlie Daniels Band, pero en trova, no hay como la cubana de Silvio Rodríguez o Virulo. Si es noche de plática, una ronda de Bohemia Obscura anima el asunto de maravilla, y si la noche es de baile con la tambora, unas cubetas de Indias quitan la sed en un santiamén. Pero si la noche es fría, para entrar en calor pasamos directamente al tequila de Don Julio, que eso es un manjar sin igual y no hay personas más diestras para beber ese veneno que mi círculo de amistades y parientes, todos ellos unos briagos de cuidado.

Ahora, que si la reunión con los amigos se trata de una buena comida, yo prefiero una música más tranquila, bohemia y un poco elaborada, muchas guitarras, muchas maderas y cuerdas, para lo cual tengo unos discos de Rodrigo y Gabriela que se pintan perfectos. Si nos ponemos más anticuados tenemos a Armando Manzanero, Chamín Correa y Compay Segundo. Un poco más mexicanos y nos saltamos al lado de Vicente o José Alfredo para una estupenda tardenoche a la charra, con lo cual tenemos que devorar carne asada y frijoles charros acompañados de una hielera repleta de cerveza Victoria o Dos Equis Ambar. Por otro lado, si la tardeada es a la costeña, con unos buenos pescados sarandeados o a las brasas y unos mariscos, me gusta la música de la tambora sinaloense, la Banda del Recodo o la MM, cuya combinación exige cervezas más refrescantes, rubias gaseosas y endiabladamente heladas, como una Modelo Especial, una Dos Equis Lager o una Tecate Roja, con su respectiva rajita de limón con sal.

Y creo que me he pasado tres pueblos, pero qué le hacemos, si la idea de estos colegas en la dura profesión etílica que a muchos nos cuesta trabajo me ha emocionado bastante. Espero no aburrirlos con mi aportación y poder participar en otra de sus rondas, que se les ve compañeros de buenas borracheras. He aquí mi manera de pasarla bien en sincronización con música y cerveza, y esperemos vernos en la siguiente ronda. ¡Salud! O como decimos los mexicanos: ¡Hasta el fondo, compadre!