La suma de todos los males.

febrero 4, 2009

A un año de la crisis financiera y con los efectos aún sin llegar a su peor nivel, el nuevo presidente de los Estados Unidos cierra tratos con los lobbies comerciales para rescatarlos de la recesión de créditos, mientras las entidades financieras, sabiéndose protegidas, comienzan al unísono una férrea propaganda para promover el consumo de deuda del público. La deuda se vende, una vez más, como la panacea a los efectos de la crisis y se desprestigia a los individuos cuidadosos y autosuficientes; así mismo, se fomenta la idea de que cualquier intento de ir contra la corriente del endeudamiento desencadenaría consecuencias devastadoras para las economías internacionales.

A principios del 2008 nos dieron a conocer una noticia que a la mayoría de las personas de a pie no les interesó, o por lo menos no les conmovió: la industria inmobiliaria en Estados Unidos, donde miles de empresas internacionales grandes y pequeñas tenían invertidas cuantiosas cantidades de capital, se estaba desmoronando dentro de su propia burbuja financiera. Las cuentas eran insaldables, los activos, riesgosos, y el aparato productivo especulaba descaradamente con los insumos para obtener ganancias rápidas pero sin sustento. Cuando toda la comunidad comenzó a pagar hipotecas basura con total facilidad y ventajas impensables en otros tiempos, se paró bruscamente la cadena de comercialización que se alimentaba de la deuda del consumidor, y que era la que propiciaba que el sistema bancario siguiera funcionando. Cuando suceden cosas extrañas en las industrias, los consumidores, con natural sospecha aunque algo prejuiciosos, se preguntan: «¡Momento! Aquí sucede algo extraño». Y, en términos industriales, cuando sucede algo extraño, el dueño del dinero se vuelve desconfiado. Después de la desconfianza vino el Efecto pobreza, en que el público consumista cree que tiene menos dinero del que realmente tiene, y a pesar de las duras campañas de inmobiliarias, bancos, tiendas departamentales y agencias automotrices, la mayoría de ellas diciendo explícitamente «¡Endéudese, endéudese!», no se consiguió reactivar el mercado financiero provocando una avalancha imparable.

Pero, ¿vale la pena, realmente, buscar culpables para ésta situación? Las noticias de la presente crisis no son nuevas; al contrario: vienen gritándose a los cuatro vientos desde el 2004. Alan Greenspan, ex presidente del Tesoro, ya lo había vaticinado en el 2005, y la mayoría de las secretarías y departamentos de gestión comercial y económica de casi todos los países del mundo lo aseguraron a principios del 2007. Pero somos sordos y ciegos cuando de juzgar a nuestras bolsas se trata. Por lo tanto, buscar culpables sería como la discusión del huevo y la gallina. Los banqueros y especuladores son tan viejos como la historia misma, y la necesidad intrínseca del hombre de gastar más de lo que tiene, también lo es. El banquero engañó e hizo mal uso de los capitales para descontrolar el mercado, pero nosotros se lo permitimos. Por otra parte, nosotros nos endeudamos gustosamente, pues es una maravilla cuando una persona te dice que por una parte de tu capital, puedes disponer del cuádruplo de lo que tendrás en tu cuenta e inclusive ganar privilegios ante otros cuenta habientes. ¿Cuántos de nosotros no usamos una tarjeta de crédito para pagar los intereses de otras cuatro? Entonces, ¿qué fue primero? ¿El huevo o la gallina?

Hace un par de meses Barack Obama rindió tributo en Wall Street a los verdaderos jefes de estado de la Unión Americana, y dejó bien plantado que siempre que lo requiera, el gobierno de los Estados Unidos saldrá en rescate de los inversionistas en pro de la defensa de los consumidores, falacia total como ninguna otra. Estados Unidos y su aparato propagandístico nos han hecho creer, durante generaciones, que la deuda es un instrumento vital para la vida civilizada pues, los personajes más influyentes de Norteamérica han sido, son y seguirán siendo industriales capitalistas beneficiarios de la especulación. Así mismo, con la anterior declaración, el nuevo presidente de los Estados Unidos ha dejado bien zanjado que dicho país no cambiará su modelo económico, sino que seguirá apostando por el pasotismo vigilado ante los lobbies comerciales, el sistema financiero como aparato regulador de mercados y el endeudamiento de toda persona o comunidad con potencial de consumo.

La semana pasada estaba platicando con una amiga que me decía: «Escribiré una carta a Obama para que sepa que yo estoy con él», y afirmaba que el simple hecho de haber derrotado a los republicanos en las elecciones era un gran paso para superar la crisis interna en Norteamérica. Sin embargo, yo creo lo contrario: el mero hecho de que, un presidente como Obama, de quien se esperarían cambios vertiginosos viendo lo vertiginoso de su colocación, haya pactado en primera instancia con los centros de poder comerciales y les haya brindado proteccionismo es una confirmación de la costumbre del poder, el pabellón imperial que los yanquis se niegan a abandonar aún cuando el sistema financiero esté colapsando por culpa de la especulación desmedida y cuyas consecuencias está pagando el propio pueblo.

La mercadotecnia brutal con que los entes financieros nos han bombardeado durante décadas tiene tal efecto hoy que, un gran porcentaje de la población mundial vive de las deudas: depende de las deudas para alimentarse, para vestir, para trasladarse, para entretenerse, para ser productivo, para ser sociable, etc. El crédito siempre ha sido una herramienta útil, sobre todo para grandes empresas o súbitos imprevistos, y fue vital para Occidente en los tiempos de la Guerra Fría, pero en la actualidad se ha convertido en el vía crucis de seis de cada diez personas. Han surgido nuevas enfermedades relacionadas con el crédito que jamás habríamos imaginado, como la adicción a las compras y el estrés de los morosos.

Solo una vez he estado endeudado y fue en una tienda departamental por una cantidad risoria; y he de decir que es una de las decisiones de las que más me he arrepentido, y no porque se me haya complicado la vida, sino por lo surrealista que resulta el medio de vida sustentado por la deuda. Fue un calvario con todas las letras, desde la cantidad final que pague hasta el acoso ejercido por empresas contratadas para acosar, que me llamaban cuatro o cinco veces a casa de mis padres para que fuera a pagar inmediatamente. ¿Cómo es posible que las empresas crediticias operen con tan deplorables políticas de cobranza, y los consumidores pensemos, ingenuamente, que es lo normal?

Después de mi experiencia con el crédito decidí jamás volver a endeudarme, a menos que fuese absolutamente necesario. Tengo un coche seminuevo con algo de kilometraje que le compré a mi suegro, los muebles necesarios que me compré con ahorros o a base de la eliminación de algunos lujos, mi computadora se la compré a un amigo y, si algo me falta, no me lo compro con deuda. Prefiero ahorrar unos cuantos pesos al mes y sacrificarme con tal de no ver asediada mi privacidad y la tranquilidad de mi familia. La deuda no es necesaria como los banqueros nos hacen creer, y una sociedad que tiende al progreso, algo de lo que tanto nos gusta mofarnos a los occidentales, no debería vivir de la esclavitud de la deuda. Pero al mercado financiero no le conviene que pensemos de esa manera; eso sería malo, destructivo y antinatural.

Barack Obama nos deja bastante claro que las tendencias de la economía no cambiarán. Estados Unidos seguirá endeudándose, y por tanto los que dependemos del dólar seguiremos atados a sus altibajos. Y mientras nosotros pagamos los platos rotos, los culpables de la especulación irresponsable estarán blindados de los efectos de la crisis gracias a un plan de salvamento que los ciudadanos americanos pagarán con la finalidad de que las instituciones crediticias tengan con qué prestar a los cuentahabientes y no se rompa la gran cadena del endeudamiento. Una vez paliados los efectos de la volátil situación, la mayoría de nosotros estará más endeudada de lo que estuvo anteriormente, los banqueros no nos deberán ningún centavo y deberemos agradecerles por habernos salvado de una crisis desastrosa de la que difícilmente hubiéramos salido de no haber sido por su pronta ayuda. Y los gobiernos seguirán cobijando a entidades comerciales que jugarán a las cartas con las fuerzas productivas de un modelo económico que ha fracasado una y otra vez, y cuya omisión desataría efectos similares a los relatados en el Apocalipsis de la Biblia.