La maldición blanca

enero 23, 2010

Publicado por Eduardo Galeano en Nodo50.org

El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que «confinar la peste en esa isla». Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.

De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:

– ¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?

– El anterior.

– Pues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron la «deuda francesa». Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.

Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.

La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.

Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.


Orgullo de ser mexicano

octubre 26, 2009

Letras Libres: Felicidades por ser mexicano

Autor: Guillermo Sheridan

A la sombra del mes patrio, un banco convoca Mi orgullo de ser mexicano (luego me pide, en calidad de documento probatorio, que lo demuestre contratando sus servicios).

Si uno escribe en Google la frase “orgullo de ser mexicano” aparecen 219 mil resultados; si se pone en plural el gentilicio, aparecen 203 mil. Si las búsquedas se ponen en femenino aparecen 32 mil. Si se pone “proud to be mexican” hay 175 mil resultados (por ejemplo: “I am Americana but love mi cultura para siempre. Places and things that make my Latina corazon happy!”). Por otra parte, “proud to be an american” genera 506 mil resultados, pero “fière d’être français” sólo 15 mil.

La primera entrada que produce “orgullo de ser mexicano” en Google es el blog “Somos México”. Dice el autor que “El pueblo mexicano desde mi punto de vista está lleno de tradiciones y múltiples manifestaciones coloridas de su cultura, sobra decir cuáles y cuántas son” (la primera múltiple manifestación colorida, obviamente, consiste en torturar la lengua castellana). Es de lamentarse que el autor dé por sabidas “cuántas y cuáles” son esas tradiciones. Tengo la impresión de que ello delata una inseguridad muy tradicional y muy nuestra. Si se le pidiera que no las diese por sabidas y las enumerase, ¿qué pasaría? Me temo que la confusión, el balbuceo y la previsible lista de lugares comunes que se saben las Miss México.

Orgullo 01El autor del siguiente resultado Google se declara orgulloso por “lo grandioso de nuestros antepasados, por nuestra diversidad, nuestras costumbres, nuestros paisajes, nuestra musica, sus playas, comida y calidez de su gente”. Es decir, la convicción de que: 1) nuestros antepasados son mejores que otros, 2) los demás países no han descubierto sus costas, y 3) un país sin tacos de nana se encuentra en deplorable desventaja. Estas convicciones, desde luego, son parte de nuestra tradición.

Todos los participantes que enumeran sus orgullos en Google concurren en que es un “país bello”, con pasado “glorioso”, donde hay “mujer mexicana”, donde hay “gentes con corazón como ninguno” y donde hay “playas”. A partir de ahí comienzan las sutilezas. Por ejemplo, es motivo de orgullo haber llevado ayuda a los damnificados por el huracán Katrina, contar con la voz de Vicente Fernández (un charro bramante que se viste de rosa), con Kalimán (un héroe de cómic de origen levantino), con artesanías, con su “tequila” (una bebida), sus “tierras fértiles” (una quimera), su Atlante (un equipo de soccer), su “Huapango de Moncayo” (una composición musical) y, para terminar, “el calentamiento global” (que al parecer es mejor en México que en ninguna otra parte). Nadie anotó como motivo de orgullo que hayamos inventado una religión que adora a la santa muerte. Ya llegará.

Orgullo 02El orgullo de ser mexicano aumenta en momentos de crisis. Eso explica que durante los últimos setenta años hayamos estado tan orgullosos. El orgullo entre nosotros es una forma de la desesperación. ¿Enorgullecernos de nuestras conquistas sociales? Nuestros estudiantes están peor cada año. Nuestros maestros peor. La condición de pobreza es espeluznante y la exhibición que hacen los ricos de su riqueza es vulgar y ofensiva. La crueldad y saña que los elementos antisociales ponen en sus fechorías es pasmosa (para no mencionar sino a los políticos). La mansedumbre con que la pobre gente acepta la esclavitud voluntaria a un líder sindical a cambio de un nombramiento “de base” es indignante. Nuestras experiencias estéticas se reducen a la música, pero sólo conocemos un instrumento, el claxon, y sólo dos melodías: “Quítate” y “Chinga tu madre”. Las únicas industrias que prosperan son la comida chatarra, el giro negro y las pompas fúnebres. Nuestro sistema judicial sirve para resolver sólo el 1% de los crímenes y nuestros policías sólo parecen servir para poner los triangulitos amarillos de plástico que traen un número negro junto a los casquillos percutidos en las escenas del crimen para quedárseles mirando con aire intrigado. (La manufactura de triangulitos amarillos sería otra industria próspera, pero apuesto a que están hechos en China y apenas se dan abasto para surtir la demanda mexicana.) La división de poderes, el federalismo y la libertad del municipio sirvieron sobre todo para multiplicar la corrupción. El robo en todas sus manifestaciones se ha convertido en una de las bellas artes. ¿Cómo se puede estar orgulloso de un país que confeccionó el apotegma “el que no tranza no avanza”?

En fin. Ya me puse lóbrego. Los idus de septiembre. No habrá más remedio que contratar a ese banco.

Comentario

Lamentablemente es una realidad el que la mayoría de los mexicanos nos sentimos orgullosos de un nacionalismo basado en la ignorancia y unas raíces y tradiciones nada espectaculares, salvo la particularidad que absolutamente todas las demás culturas del mundo también poseen. ¿Cuántos de nosotros nos hemos esforzado por conocer un poco de nuestras raíces culturales? ¿Cuántos hemos leído a Nezahualcoyotl o a Vasco de Quiroga? ¿Cuántos hemos viajado a Janitzio, Teotihuacan o Casas Grandes? ¿Cuántos hemos estudiado la Historia de México?

Habemos muchos que hemos viajado a ciudades como New York o París, y sin embargo no conocemos nada del pueblo vecino. Sabemos dónde encontrar las mejores prendas de vestir, lo de la última moda o lo más barato, pero no sabemos donde venden el mejor queso, la mejor carne o el mejor pan de nuestras comunidades rurales. Conocemos a personajes como Tiziano Ferro o Enrique Iglesias, pero no tenemos ni idea de lo que hicieron en el pasado Martín Murrieta o Jacinto Canek. Nuestra música folclórica, que en otros tiempos fue hermosa y considerada de enorme valor histórico por los estudiosos de habla hispana, está enormemente influenciada por los narcocorridos y el consumismo barato. La tambora ya no se escucha para cantar las gestas de Pancho Villa y Álvaro Obregón, sino para presumir las toneladas de marihuana que hemos conseguido colarle a los norteamericanos. El mariachi ahora está lleno de melodías melosas y plásticas y ha perdido la gallardía y la picardía de Jorge Negrete o la crítica social de Amparo Ochoa ¿Estamos orgullosos de Acapulco y Cancún, donde se pasean con total tranquilidad los turistas estadounidenses y canadienses, pero se le niega el paso libre a los mexicanos de clase baja? ¿O del whiskey que no debe faltar en las fiestas de las personas que necesitan presumir su poder adquisitivo? ¿Tal vez de las artesanías chinas que han superado económicamente a las nuestras, porque preferimos pagar diez pesos menos y ahorrarnos el regatear con los indios maleducados que nos quieren estafar? ¿Orgullosos de contener en nuestra nacionalidad al hombre más rico del mundo (a pesar de que sea de ascendencia libanesa, eso no importa)?